GIRALOLO


Pocos lo recuerdan. A veces, entre sueños, por la noche, regresa a la memoria el giralolo y entonces parece que nuestros pies se levantaran del piso, y que paseáramos por el aire livianos y sin tiempo recorriendo el territorio de nuestras fantasías.
Hace tiempos que nadie ha visto un giralolo. Mejor dicho, desde hace tiempos que quienes se han subido al giralolo y han vivido su viaje por la fantasía, han perdido la memoria y la capacidad de describirlo.
Una caseta de colores, con la forma de un espiral, sirve de boletería. Pero las entradas no se venden por dinero. Allí llega la gente y debe dar, en pocas palabras, una razón para subir al giralolo. Eso es suficiente, entonces se abre el paso y un deslumbramiento hecho como de nube y de risa envuelve a quienes se atreven a buscar su alegría de adentro.
El giralolo es una aventura de colores, un sueño en espiral y una caminata de aire.
De una sencillez un poco extraña, cuando los visitantes lo miran por primera vez sienten una especie de decepción. Un alto poste del que cuelgan varias cuerdas como formando un círculo, eso es el giralolo. Eso es todo.
Entonces alguien, más por curiosidad que por decisión, se acerca al giralolo y toma una de las cuerdas. Lentamente el giralolo se pone a girar y a girar y a girar. Un poco más rápido, un poco más. Y eso es empezar un viaje. Tomado de la cuerda, ese alguien que se atreve, gira también en torno al poste, un poco más rápido, un poco más, hasta que la velocidad obliga a correr en las puntas de los pies, y luego los pies se separan del piso y no queda otro remedio que volar.
Claro que el giralolo se juega mejor cuando varias personas se cuelgan, una de cada cuerda; porque entonces se convierte en una especie de nave compartida, cada uno volando su propio sueño, todos volando en el giralolo.
Ya lo que pasa dentro de cada uno cuando se halla volando en el giralolo es cuestión personal. Gira y gira y gira, el giralolo ayuda a la gente a recordar sus viejas ilusiones. Por eso quienes vuelan en el giralolo no pueden ocultar una sonrisa. Tienen el rostro radiante y, más de una vez, ríen a toda voz al sentir esa cosquillita que el vuelo circular les causa en la barriga.
Dicen que los niños son los campeones del vuelo en giralolo. Y parece que eso sucede porque no tienen miedo de reír. Y también porque cuando están volando se miran hacia adentro y se conviertan en pilotos, o en pájaros, o en viento y, claro, ¿quién puede ganarle a volar al viento?.
Pero los grandes también lo disfrutan; cierto es que llegan con miedo unos, porque han olvidado lo bello que es volar y lo suave que se siente el aire en la piel; otros tienen, ¡imagínate! vergüenza de volar; piensan que eso es asunto de niños, o de pájaros. Otros, los más, han olvidado lo que es ser felices y, por eso, no se ocupan de jugar.
Ah! Pero el giralolo es poderoso. Nadie que se haya subido a su alegría circular, ha vuelto a ser el mismo. Hay algo, una huella pequeñita y oculta que el giralolo deja en quienes se han atrevido a su locura: por eso, cuando veas a alguien que se siente feliz, aunque no sepa por qué, tu ya sabes, a pesar de que no encuentre como contártelo; compréndelo: se ha subido al giralolo.
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