La paradoja del desespejador espejado
Roque Iturralde Aprendí en el camino el oficio de desespejador, lo hice seguramente durante un viaje de esos en los que nadie sabe si la cometa arrastra al cordel, o el ovillo gobierna ese vuelo de papel, sigse y asombro. Me hice desespejador porque me dolía ver que la gente, al mirarse en los espejos, jamás estaba conforme. Unos se veían gordos, otros viejos, otros tristes, otros grandes, otros simplemente extraños. Entonces fue que elegí mi carrera de desespejador: oficio que consiste en lograr, mediante una mezcla que aún guardo en secreto, que el azogue aplicado a los cristales fuera siempre capaz de devolver a quien se mirara en ellos una felicidad radiante; una imagen reparadora, una ilusión plausible. Para ello era clave el proceso de deconstrucción del azogue y, por tanto, de la imagen. Cada vez que construí y terminé un desespejo me miré en él largamente, y solo cuando estuve totalmente seguro de que jamás devolvería una imagen dolorosa, entonces se lo llevé a su...