La paradoja del desespejador espejado
Roque Iturralde
Aprendí en el camino el oficio de desespejador, lo hice seguramente durante un viaje de esos en los que nadie sabe si la cometa arrastra al cordel, o el ovillo gobierna ese vuelo de papel, sigse y asombro.
Me hice desespejador porque me dolía ver que la gente, al mirarse en los espejos, jamás estaba conforme. Unos se veían gordos, otros viejos, otros tristes, otros grandes, otros simplemente extraños.
Entonces fue que elegí mi carrera de desespejador: oficio que consiste en lograr, mediante una mezcla que aún guardo en secreto, que el azogue aplicado a los cristales fuera siempre capaz de devolver a quien se mirara en ellos una felicidad radiante; una imagen reparadora, una ilusión plausible.
Para ello era clave el proceso de deconstrucción del azogue y, por tanto, de la imagen. Cada vez que construí y terminé un desespejo me miré en él largamente, y solo cuando estuve totalmente seguro de que jamás devolvería una imagen dolorosa, entonces se lo llevé a su dueño.
En mis desespejos, la realidad se volvió amable; por ello debe ser que cada persona a la que entregué uno de esos artilugios, siempre estuvo presta a saludarme con entusiasmo, con amabilidad, con abrazos. Luego, si esa persona me encontraba en la calle y estaba con alguien, me la presentaba; -mira, este es el amigo que me fabricó el espejo-, decía sin saber que su espejo era en realidad un desespejo. Entonces su acompañante se sorprendía –ohh ¡ ahhh! Es usted! Maravilloso, maravilloso! Le voy a recomendar con alguien que quiere uno…. Y tras un par de palmaditas en la espalda, seguía su camino.
Hice las cuentas un día. Ciento veinte y dos mil seiscientos (uno más, uno menos) desespejos entregados. De buena parte de esos clientes mantengo sus datos en el directorio de mi teléfono celular aunque ya no se quién es quién. Siempre que veo a uno de ellos en la calle, o en el bar, o en el mercado, me digo; no se su nombre, pero su nombre está en mi teléfono. No se quién es, pero todos los días se desespeja en mi artilugio. Ciento veinte y dos mil seiscientos desespejos, por tres palmaditas en la espalda cada uno, más las de sus amigos y conocidos; no es sino cuestión de hacer cuentas para entender el gran negocio que significa ser un desespejador.
Un día perdí en algún cajón profundo de la memoria, la receta de la mezcla para el azogue desespejador, fue justo cuando andaba más necesitado de una desimagen que me devolviera sueño, entusiasmo y ganas. Tomé el cristal y ante la total ausencia de la fórmula en mi cabeza, tomé un libro de poesía surrealista. Me llamó la atención la paradoja que significaba el título de un poema de Gherasim Luca: “Herméticamente Abierta”. Y por un impulso que hasta ahora no logro explicar, me procuré un pincel y escribí sobre el cristal la siguiente frase:
El redentor que se inmola a sí mismo para perdonar el pecado del resto; comete el pecado de no redimirse jamás y jamás encuentra un redentor que se inmole por él.
Salí con el cristal escrito y me lo puse frente a los ojos, para mirar a través de su transparencia y de sus letras y me pasó que la realidad trans-cristalinizada, se volvió inestable. Si giraba el cristal hacia la izquierda y miraba por él, veía escenas de mi pasado. No quise siquiera mirar hacia el otro lado, por estar atravesando una temporada de fobias: fotofobia, agorafobia, vértigo, dextrofobia, sesquipedaliofobia, futurofobia.
Pero el panorama de la mirada hacia atrás se volvió interesante.
Con la frase sobre el redentor irredento en primer plano, pude viajar a través del tiempo, de mi tiempo, mirándome jugar el papel que jugué desde pequeño.
Las imágenes se sucedieron; pasó varias veces uno de mis hermanos orinándose en la cama y señalándome como el autor. Pasó otro de mis hermanos (tengo once) escondiendo un juguete de mi hermano menor (el mimado hasta entonces), a la espera de que tras el berrinche del más pequeño mi madre ofreciera una recompensa a quien lo encontrara. Pasó mi propia imagen frente el armario eligiendo un pantalón que pudiera quedarme con pocos dobleces de la basta y sin ajustar demasiado el cinturón o los tirantes. Pasó mi hermana (la más querida) siendo linda y sorprendiendo a todos con sus bellas trenzas rubias, sus hermosos ojos, su sonrisa de muñeca.
Pasó el cura que manejaba mi escuela, y se desmayó cuando algunos no comulgamos a la hora de la misa diaria. Y el olor a incienso y la sombra de una funda de papel, a media noche, simulando la cornamenta del maligno; allí en la pared frente a mi cama. Y Pasó el profesor que se burló de mi hermano recientemente muerto en un accidente inaceptable y pasó mi llanto y mi queja, y la ira de mi padre en la dirección de la escuela y el veredicto de mentiroso. Y pasó mi amigo y el paseo por el parque para buscar pescaditos y el engaño, eel sacrificio, el héroe, las estampas de los santos, las vidas ejemplares, el pecado y el saumerio; introibo ad altare dei; el amigo salvado, y pasó la noche y el regreso y las preguntas, at dei quie laetificat juventutem meam y no pasó nada.
Se mueven las imágenes, estoy ahora tras el vidrio en el centro de esta ciudad; el nuevo almacén es un maravillario; está lleno de caballitos de plástico, de soldaditos, de canicas, de lápices. Y sospechan de nosotros, nos encierran en un cuarto, nos buscan los bolsillos. Ventajosamente, hoy no tenemos nada. Mi hermano esta vez se contuvo de la travesura. Y soy entonces una especie de angel; el traje de la primera comunión, el lazo blanco, el misal. No tengo fotos de ese día. Se me viene a la memoria la foto de mi hermano muerto, con su traje gris, su misal de nacar, su lazo de seda, su morena tristeza. Y quiero ser santo. Siento que la piel se hace ligeramente translúcida, un poquitín verde. Como el rostro de los que ayunan, de los que se sacrifican, de los que se irán al cielo. ¡!Sursum Corda!!
Es demasiado miedo, demasiadas amenazas, demasiado fuego. Habemus a dómine.
Soy el niño que recita en las sabatinas. Me aprendo con facilidad los versos, los repito con gracia, soy un primor. Recito el de la mona que arrugada y jamona… el del profesor don Raimundo que enseñar se desvela… Estoy en tercer grado; me he preparado largamente para la sabatina final, sé de memoria, a la perfección, el poema “un cuento” de Rubén Darío. Casi logro ver a Margarita Debayle y a los kioskos de malakita, siento el rumor de los cuatrocientos elefantes desfilando a la orilla de la mar. Es mi ocasión. El poema es largo. Es una proeza recitarlo completo. Pero llega el sarampión y Margarita se queda instalada con su rey y su palacio de diamantes en mi cabeza, sin salir. Se me mete la poesía en la cabeza, su ritmo, sus incomprensibles metáforas. Desde ahí vivo de las letras. Escribo para ganar concursos de cuentos, escribo para el certamen del libro leído, escribo para sacar del corazón los primeros dolores, los primeros ojos de ese amor impúber, las emociones, las ocurrencias.
Escribir me da los primeros atisbos de fama y de aprobación. Me destaco en el colegio en la literatura, leo mucho más que mis compañeros, los libros se descubren para mi y me descubren para el mundo (pequeño mundo), la hago de Cyrano, de poeta, de heraldo, de publicista, de redactor político. La gente me pide letras, yo se las doy. Me devuelven sonrisas, cariños, me invitan, me incluyen en sus planes, en el partido, en el periódico mural. No puedo decir que no a nadie ni a nada. Soy además, muy buen narrador oral, cuento chistes con más gracia que casi todos, soy una enciclopedia del humor, toco la guitarra, me se los teléfonos de todo el mundo, armo el club de música del colegio, grabo un disco, soy capitán del equipo del fútbol aunque juego pésimo, voy al club de oratoria aunque tengo voz de tarro y arrastro las errrrres, me incluyo en las obras de beneficencia de los chicos de sexto, formo parte del gobierno estudiantil, gano la carrera de autitos de juguete en el día del compañerismo, soy el preferido de los maestros de literatura, de filosofía y de lógica, no consigo entender un ápice de las matemáticas pero voy al grupo de teatro, odio la gimnasia pero voy a clases de karate, mi amigo más chiquito se roba el auto de la mamá y me pregunta si se manejar, porque el no alcanza a los pedales, le digo que sí (pero no se), y salimos a jugarnos la vida, desde ese día y por tres o cuatro años más.
Pasan por el espejo otros ojos, otras miradas, otras iniciaciones. La del amor. La de la amistad. La del compromiso. La de desespejador. Ya para entonces, mi oficio se ejecuta con prolijidad, con esmero. Todo el mundo quiere reflejarse en mis desespejos. Todos son mejores en ellos, estos artilugios reflejan solo lo mejor de cada uno, su belleza, su bondad, su inteligencia, su simpatía…
Cruza tras mi cristal una nueva era. Armado solo de la audacia que da el estar enamorado, protegido exclusivamente por un paquete de versos me veo llegar a conquistar el mundo. De la mano de mi flaca, puro ojos y besos, todo parece posible. Las letras se salen de los cuadernos de poemas y se pasan a los anuncios publicitarios. Estoy ya instalado en la vida. Ahora mi oficio de desespejador encuentra una resonancia masiva. Mis desespejos se transmiten por televisión, se publican en los periódicos, en las revistas, en los carteles de las calles, en las ondas de radio. Se convierten en canciones, en películas, en promesas, en sueños. Quién lo habría imaginado. Tanto andar desespejando al final empieza a dar para comer. Han llegado ya los hijos, las expectativas, los pagos. La cosa es dura pero va bien. A veces hay menos, a veces no hay. Pero va bien.
En el camino aparecen, maravillados y astutos, los que no solo se reflejan en mi desespejo, sino quienes lo administran, se asocian, lo exprimen, lucran, se ríen, saltan desde él hasta otros espacios, lo olvidan, lo deploran, lo niegan. Ahora ya no parecen, ahora son, ahora ya no aparecen. Asoma el recogido que al final traiciona; el invitado que se come todo y a la hora de hacer la cuenta se desvanece; el salvado que una vez a flote enciende su motor y sigue su viaje; el que necesita valoración de vez en cuando; el que comprendió antes de explicarle; el que intentó explicarlo antes de comprenderlo; quien creyó que mi máscara era yo y que por tanto debía amarlo; quien intentó arrebatarme el desespejo y lanzarse a una fama que era mía; quien creyó que tenía derechos sobre mis dolores y mis sueños; quien se resintió cuando mi desespejo le devolvió una imagen verdadera; quien hasta ahora se pregunta cómo será esto de semejante reflejador privilegiado…
Mi desespejo es, formalmente, mi carnet de redentor. No llevo la cuenta de los pecados ajenos, pero a ratos me pesan en mi carga; porque me los tragué todos, los recogí para liberar a sus amos, los cargué en mi canasto, Ego te absolvo a peccatis tuis … Todos perdonados, todos redimidos, todos salvados. No llores más mi amor, déjalo en mis manos. perdónalos porque no saben lo que hacen cuando te traicionan; perdónalos porque no saben lo que hacen; cuando te roban; perdónalos porque no saben lo que hacen, cuando te mienten; perdónalos porque no saben lo que hacen; cuando te dejan; perdónalos porque no saben lo que hacen; cuando te exigen hasta el paroxismo la imagen que esperan de tu desespejo; perdónalos porque no saben lo que hacen; cuando te quitan el piso; perdónalos porque no saben lo que hacen; cuando te dejan el vertigo; perdónalos porque no saben lo que hacen; cuando te desespejan; perdónalos porque no saben lo que hacen; perdónalos porque no saben lo que hacen; perdónalos porque no saben lo que hacen.
Desperté desespejador un día, di la vuelta y busqué en la superficie brillante de su cristal una desimagen que me hiciera feliz, y me encontré a mi mismo, el verdadero, entonces me dije:
perdónalos porque no saben lo que hacen.
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