Mariposas en el estómago


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Papá Noel era un invento reservado a la clase alta.  A esos niños que habían estudiado en colegios internacionales y conocían tradiciones que los demás, los niños como yo, no sabíamos.  A nosotros, la navidad nos llegaba con regalos, sí (tampoco es que éramos tan pobres), pero los traía alguien identificado como “El Niño” y solía hacerlo silenciosamente, aproximadamente a la media noche de la nochebuena, habiéndose asegurado de que todos dormíamos y de que no había riesgo de que lo pilláramos en su empeño.

Como el zorro de El Principito, que quería saber  a qué hora vendría a visitarle su amigo para que así el corazón le latiera aceleradamente desde antes, nosotros (los niños) empezábamos a sentir mariposas en el estómago desde que, con inusual anticipación, nuestros padres nos metían a la cama y nos insistían en que durmiéramos profundamente.

Era una vigilia intensa.  A la vez que queríamos dormir para que las horas pasaran rápidas, nos resistíamos a hacerlo para estar despiertos cuando llegara “El Niño”; para poder verle, para saber quién era esa persona que nos llenaba la nochebuena de regalos.   Algunos, más crecidos o más resabiados, ya empezaban a sospechar que ese tal “Niño” no era sino un pretexto, una forma de ocultar la verdadera identidad de nuestros padres, quienes en realidad (tal vez) eran los que se encargaban de los regalos.   Lo sospechaban, no lo sabían.  Porque cuando llegaban a saberlo, se terminaba la magia, se hacían grandes.

La vigilia era, al mismo tiempo, tensa.  Estaba dominada por una tensión curiosamente positiva.  No era miedo, era expectativa.  Era ilusión, eran los cálculos sobre qué nos llegará, qué regalo nos tocará (en ese entonces no escribíamos cartas a Papá Noel pidiendo regalos, simplemente estábamos atentos a que nos llegara algo y siempre era algo maravilloso que agradecíamos de verdad).  Por ello quizá esas mariposas en el estómago resultaban más cosquillas que escalofrío.  Aún las recuerdo.

Las he recordado, las he sentido, curiosamente y de modo muy intenso la noche de 8 de noviembre de 2016.  Ya no espero un regalo.  Ya casi no espero nada.  Ni siquiera es navidad.  Pero otra vez he sentido esa tensión, esa ansiedad,  (y creo que como yo miles y millones de personas)  al esperar los resultados de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos.

Nadie se fue a dormir temprano o, si lo hizo, contó con un aparato móvil (celular, tablet, lo que sea) para que, como esos niños que mantienen el un ojo abierto, permaneciera vigilante de las noticias. 

Con extrema tensión y lentitud se fueron decantando resultados. 

Las elecciones más reñidas y ajustadas de la historia reciente de los Estados Unidos mantuvieron en vilo a la humanidad entera.  Nos volvimos todos analistas políticos, pronosticadores, agoreros.   Para mantener la decencia, no nos manifestamos partidarios de nadie; pero todos sabemos que cuando lanzas una moneda al aire, ya sabes de qué lado quieres que caiga.   Y así estuvimos, fingiendo que dormimos, fingiendo que no estamos tensos, pero sintiendo mariposas en el estómago, un poco sin saber muy bien por qué, si al final sabíamos, desde el principio, que en esta ocasión entraría (quien quiera que sea) no a dejarnos, sino a robarnos los regalos.

Comentarios

yo ha dicho que…
Entonces yo me hice grande bien chica, la primera vez que recuerdo lo de los regalos ya sabía que era mi madre la que se encargaba de buscar darnos esa noche una alegría especial... las mariposas siempre me han llegado del puro amor... siempre, incluso hasta ayer he dormido tranquila y hoy no he sentido mariposas aunque sí ciertas ganas de llorar y una taquicardia pasajera que me recordaron los otros caminos, las otras vueltas, el sentido de la vida una vez màs, tal vez, màs que nunca.

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