Terapia elástica
Roque Iturralde
Debe ser mi karma, es probable. Lo cierto es que cada vez que debo asistir a la fisioterapia, la vida me depara experiencias inesperadas.
Debe ser mi karma, es probable. Lo cierto es que cada vez que debo asistir a la fisioterapia, la vida me depara experiencias inesperadas.
Asisto a un centro de rehabilitación de renombre para recuperarme
de una intervención quirúrgica. Allí, un
equipo de expertos atiende con frenesí a grupos de pacientes que llegan a la
misma hora, en espera de alivio a sus dolores y de recuperación de sus
funciones. Allí me topo, casi siempre,
con los mismos vecinos de camilla. El
deportista y su desgarro, la pareja que salvó la vida en un accidente de
tránsito que les dejó traumatismos múltiples, la joven obsesionada con la moda
del trecking, el fitness,
el combat, el crossfit, el climbing y todo aquello
que asome, que se diga en inglés y que quepa bien en una lycra.
La otra tarde llegó una paciente nueva. Mujer madura entrada en carnes, lo cual se
hacía notorio en su pantalón ceñido de cuero artificial, quien acudía a
recuperarse de su codo de tenista.
Se demoró exactamente diez segundos en dejar claro que era una
mujer rica. Comentó que venir desde su fábrica hasta el centro de salud, en
medio de la lluvia, había sido un tormento, solo aliviado por la comodidad de su Mercedes Benz y la gran ventaja del
teléfono bluetooth, que es una
maravilla.
El fisioterapista y la auxiliar, se cruzaron una mirada. Él aprovechó para preguntarle por su codo,
aplicándole un poco de presión con el dedo, presión que le sacó un ligero
gemido de dolor.
Todos los presentes, silenciosamente, apreciamos el tratamiento.
El comentario de inmediato fue sobre la tristeza que sentía frente
a la tragedia que estaban pasando varias poblaciones de la zona costera del
país, tras un terremoto de gravísimas consecuencias. Todos, profesionales y pacientes, compartimos
ese comentario manifestando nuestra preocupación y destacando la solidaridad
que el resto del país ha mostrado con los damnificados mientras el fisioterapista aplicaba un masaje de
ultrasonido en el antebrazo de la paciente.
A esto ella, de inmediato comentó que en su fábrica, han preparado como diez cajas con ropa para distintas
edades, porque ella tiene una fábrica desde la que provee a las más importantes
tiendas de moda de la ciudad, mencionó sus marcas, pronunciadas todas en
perfecto inglés, o francés, según el caso.
El fisioterapista aplicó un poco más fuertemente la presión con el
equipo de masaje, ella se calló.
Todos los presentes, silenciosamente, aprobamos el tratamiento.
Se acercó la auxiliar. Colocó en el brazo de la señora esos
artilugios que transmiten corriente eléctrica a los nervios para calmar el
dolor. Sobre esto colocó una compresa
humeante, cuidadosamente envuelta en una toalla. Cuando ella empezaba a hablar sobre los daños
del terremoto, la auxiliar activó el generador de corriente, lo que causó una
pausa en su perorata. Pero luego
siguió. Nos enteramos, por esa
conversación, que en su penthouse del
club más exclusivo de la playa de Esmeraldas, no había pasado nada con el
terremoto. Que su empleado le había
reportado que no había novedades y que ni el departamento ni los muebles que
trajo de Miami en las vacaciones de thanksgiving habían sufrido daño. El fisioterapista subió dos puntos el
generador eléctrico y ella calló un instante, se miró la mano que le temblaba
ligeramente. Humeaba la compresa sobre
su antebrazo.
Comentó, sin que nadie le preguntara nada, que a la hora del sismo
ella estaba en su casa y que lo más impresionante fue cómo se sacudía el agua
de la piscina haciendo un ruido muy grande y la forma en que se tambalearon los
equipos de su gimnasio, en donde ese rato ella hacía un poco de steping.
El fisioterapista, que había retirado ya la compresa, le estiró el brazo
casi con violencia.
Por suerte, dijo, su marido no estaba. Porque ese man no habría resistido, tiene pánico, si en el bote de pesca,
que tienen en Key Biscayne se marea
con cualquier mini oleaje. Es un loser.
El fisioterapista llevó el brazo de la paciente hacia la espalda. Un
poco forzadamente, cierto es. Ella se
dolió, shit! exclamó. Todos nos miramos, cómplices, aprobando esa
acción del licenciado.
La auxiliar llegó con una gran banda elástica, amarilla, suave. El licenciado le dio instrucciones, el
sostendría el un extremo mientras ella debía tirar de la banda hacia si misma,
doblando perfectamente el codo, sin desviar el brazo hacia los lados – como si
se lo llevara a la boca – dijo el licenciado.
Mientras hacía su ejercicio, preguntó por qué ella tenía codo de
tenista, si lo que ella hace es equitación, horsing
dijo en realidad. Para ello, cuando
estaba en el país, usaba los caballos que tenía en su finca, donde tenía un cottage muy lindo, en el que gustaba de hacer unos happenings muy divertidos con sus amistades.
El fisioterapista pidió que le pasaran una banda azul, muy fuerte.
Cuando estaba fuera, iba de
horsing al country
club.
Le costaba estirar esta banda azul. Lo hacía con todas las fuerzas mientras el
licenciado la sostenía tensa apoyado a la camilla.
-Pero volviendo al tema- dijo, con esto del earthquake espero que la
ropita que les mandé sirva de mucho, porque es nueva (brandnew dijo) no como otros que mandan lo que ya no les sirve,
además mi ropa es de marca.
El licenciado, inesperadamente, soltó el extremo de la banda
elástica (azul, muy fuerte) y está fue a parar en la boca de la mujer,
causándole un pequeño sangrado inmediato, que ella se secó con la mano libre, mientras
decía oh my god.
Todos los presentes, jubilosamente, aprobamos el tratamiento.

Comentarios