Tocado por la ternura (o cómo suenan las sonrisas)



En el Teatro Sucre de Quito se presentó la orquesta infanto juvenil de Esmeraldas, dentro del movimiento Sinfonía por la Vida, que tiene el respaldo de Diners Club. Gestión convenció al autor de este comentario a que lo ceda para publicarlo.

Por Roque Iturralde

No puedo dejar de pensar que llegaron ayer a Quito, muchos de ellos por primera vez, a conocer la “gran ciudad”, la capital.  Que por primera vez se alojan en un hotel, que por primera vez reciben atenciones y cortesías especiales, que les cae por vez primera una lluvia tan fría y tan profunda como la de nuestra ciudad.

Suena la Orquesta de Sinfonía por la Vida, de Esmeraldas, y más que oír me dedico por un largo rato a mirar cómo este grupo de niñas, niños y jóvenes tocan sus instrumentos, es decir, cómo los tocan, los palpan, los acarician.

Siento que cada uno de los integrantes de la orquesta de cuerdas, que es la primera en salir al escenario y tocar con una dulce energía la Obertura de la Cavallería Ligera de Franz Von Suppé, sabe acunar el violín entre sus pequeños brazos o servir de celoso guarda espaldas mínimo a esos gigantes prehistóricos que son los contrabajos.  Sabe que un cello es mucho más que una caja de sonidos y cómo una viola es una especie de adolescente de madera y cuerdas.

No he necesitado buscar una palabra, o una frase para expresar la sensación con la que salgo del concierto; salgo tocado por la ternura.

Y la ternura me toca (me palpa, me acaricia) y a la vez me toca (como si fuera un instrumento más de la orquesta), porque por momentos me descubre, me interpreta, cada vez que suena la orquesta. 

Su repertorio pasa por una variedad de segmentos de los grandes.  Piezas que seguro hemos escuchado cientos de veces, con las grandes orquestas, con los grandes solistas, con los grandes maestros.  Sin embargo, la emoción de hoy es diferente.  No es la potencia de la orquesta, ni el virtuosismo del intérprete, ni esa perfección de espaldas que nos muestran los grandes directores lo que me llena por dentro y me obliga a aflojarme el cuello de la camisa, a respirar hondo, a empuñar el kleenex en el bolsillo en precavida actitud.  

Es ese pequeñín lleno de rizos y risas que medio asoma detrás del contrabajo.  Es la entrada de la sección vientos, que tras solo cuatro meses de haberse encontrado por primera vez con los instrumentos, hoy están altivos haciéndolos vivir en el escenario del Teatro Sucre, es el pequeño coro de pequeñas voces que desde sus pequeñas cuerdas vocales se atreven con la música del cancionero de palacio y luego con las picarescas de los cantos negros esmeraldeños.

No puedo dejar de pensar que en sus seguramente humildes hogares, nada tendrán tan fino ni tan exótico ni tan costoso como el pequeño violín o el aristocrático fagot; ni tuvieron, muchas veces, ningún espacio tan grande, tan mágico y tan propio como ese que se despliega en su entorno cuando suena su música.

Me quedo con esos niños y niñas, omito hablar del programa o de los directores, los maestros y las personas que hacen posible que estos niños hoy nos bombardeen de ternura, porque esos niños no están ahí para mostrarse como músicos, están ahí porque crecieron como personas y al hacerlo descubrieron que crecer en equipo (en orquesta), es más grato, es más grande, es más útil.

Ya en el foyer del teatro, comentarios al canto, tengo la suerte de charlar un par de minutos con Ignacio García Vidal, el director invitado.  Lleva 15 días en el ambiente húmedo, caliente, intenso de Esmeraldas trabajando con los niños y niñas de la orquesta. Cuando tras la pregunta de cortesía  sobre mi opinión le digo que he salido “Tocado por la Ternura”, él contesta “¡Sí! Es que la primera vez que los oí lo supe: esta orquesta tiene el sonido de las sonrisas”… y tras un breve silencio, se le inundan de luz los ojos.


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