MEMORIA IMAGINARIA

Por Roque Iturralde
   
Por razones que solo los expertos sabrán inferir, nuestra memoria consciente nos lleva hasta límites que, aunque quisiéramos, nos resultan imposibles de rebasar. Nuestra primera infancia está escondida tras un velo que nos niega la posibilidad de mirar nuestros recuerdos con la claridad de la memoria presente y solo nos autoriza a imaginar, a soñar, quizá a idealizar esa etapa ojalá tierna, ojalá hermosa, ojalá maravillosa.

Hoy me he propuesto encontrar, aunque solo fuera de manera hipotética, los eventos que instalaron en mi, seguramente durante mi primera infancia, el rol de desespejador una vez que, diez lustros después, por una falla inexplicable, inconcebible, inaudita, el que creí mi desespejo me devolvió mi propia imagen y, con ello, destrozó mi soporte de toda la vida.

De modo que intentaré inferir cómo debe haber sido mi primera infancia, ya que no tengo fotos de ella, las personas a quienes puedo preguntar hoy habitan las raíces de un árbol que florece guabas y mañanas soleadas y los otros están tan ocupados en su propia comprensión que no les imagino respondiendo mis ilógicas cuestiones.

Mi recuerdo más antiguo, se remonta quizá a mis tres años, talvez algo menos, en la vieja casona que la familia habitaba, acostado con algo de fiebre seguramente. Algunos de mis hermanos están sentados en el borde de la cama, sudo, siento temor cuando oigo los motores de los vehículos que suben, con esfuerzo, la empinada calle de nuestra casa. Por alguna razón que no comprendo, asocio esos motores con los grandes camiones blancos municipales, esos que llevan una enorme rueda con una manguera y se acercan a las bocas de las alcantarillas para limpiarlas. En ese entonces, solo conocía su tamaño, su color y su ruido. Les llamo “los carrotes” y me producen miedo, un miedo enorme. Desde entonces no puedo mirar esos camiones, que muy poco han cambiado en su aspecto en estos cincuenta años, sin recordar ese momento, ese cuarto a media luz, ese miedo, esa presencia imprecisable que supongo de mis hermanos.

Más atrás, no tengo idea de lo que habrá sido mi vida. Me imagino corriendo, o gateando, en el montón de hermanos que sobre-­‐poblaban la casa. Seguramente mis dos hermanos mayores juegan a torear en el corredor. Luego juegan fútbol. Corren. Mis hermanos tres y cuatro juegan, seguramente desarman algo inquietados por uno de ellos. Hacen travesuras creativas que siempre terminan en algún aparato dañado, inservible. Seguramente Pablo, mi hermano 4, de vez en vez sufre una pequeña crisis epiléptica, convulsiones, ausencias, una palidez morena que le caracteriza y que hace más profunda su bella mirada negra.

Mi hermana María, la 5, un poquito mayor que yo, menos de dos años, no se cansa de ser linda. Rubia. Graciosísima. Perfecta en vestidos que las tías, los abuelos, los parientes le han traído; celebran con cintas en el pelo, encajes y tafetanes, zapatos de muñeca, la alegría de una primera mujer en una casa que se llena de varones.

Yo soy el número 6. Justo en la mitad de 12 hermanos, claro que eso será después, por ahora soy el 6 y seguramente ya anda por ahí mi hermano Marcos, el 7. Apenas un año y dos meses menor que yo, comparte conmigo todo. Cuarto, cama, ropa, travesuras, golosinas, todo. Es el primer zurdo de la familia. El único entre doce hermanos. Marcos nació en Pasaje, pueblo de la costa al que parte de mi familia (yo incluido) viajó cuando debo haber tenido uno o dos meses de edad. Pasamos allí un año. Volvimos uno más. Marcos volvió de un par de meses a Quito.
Mis padres habían debido dejar a los mayores en Quito, para que vayan a la escuela, mientras estuvimos en Pasaje. Algo parecido sucedió cinco años después, esta vez en Loja, cuando ya éramos nueve.

Todo lo que puedo imaginar de mi infancia, lo deduzco de la memoria que tengo de haber visto a mi familia crecer, a mi madre criar sus hijos, a mi padre trabajar y compartir su tiempo libre en casa.

Supongo que mamá me trató con enorme dulzura, una dulzura descomplicada y práctica. La misma dulzura descomplicada y práctica con que nos trató a todos, a cada uno sin diferencia. Estoy seguro de que en medio de su tráfago diario; cuidar de tantos hijos, ser una solícita esposa y ama de casa, administrar la casa, darse tiempo de hacer sus cosas, manualidades, costura, arreglos de carpintería, pintura de las paredes, cocina de enorme calidad, apoyo a los hijos en los deberes, estoy seguro de que en medio de eso, se daba unos instantes para sentarse, ponerme a su lado, tomar la guitarra y cantar. Cantar pasillos, cantar tangos, cantar boleros, cantar zarzuelas, cantar flamenco, cantar, cantar, cantar. No sé cómo pero su voz me sostiene, me da soporte, me asombra, me tranquiliza, me proyecta, me emociona, me teje, me entreteje, me eleva, me construye.

Mamá me ponía a su lado mientras hacía sus cosas, primero porque no sabía caminar. Luego porque era mejor tenerme cerca. Ya había otros para corretear por ahí. Ya había otro para acunar y amamantar. Mi turno ahora era el de acompañar y ceder. Antes fue el de ocupar. Era seguramente difícil ceder el lugar, pero mamá sabía hacerlo maravillosamente. Seguramente sabía cómo cambiarte un pezón por una canción, sin que doliera, como un gesto de desprendimiento, de generosidad con el nuevo, con el recién llegado, de amor con el hermano chico. Seguramente era difícil ser maravilloso, pero era maravilloso ser generoso.

El resto del tiempo oía sonar la máquina de coser y veía salir de ese artefacto ropas, camisas, arreglos, composturas para todos en la casa. Oía música, todo el tiempo, tarareada o reproducida en una vieja (entonces nueva) radiola. Música siempre, siempre, siempre.
No se si puedo ir más atrás, no se si debo, si quiero hacerlo. Tengo un año y dos meses, seguramente no se caminar o quizá lo hago con la torpeza inicial del aprendiz. Aún no me integro al tráfago interminable de mis hermanos más grandes, seguramente mi hermana me cuida, desde sus enormes tres años, me cuida con juegos y con un cariño que cincuenta y cinco años después sigue incólume. Seguramente mamá mira cómo crecemos en cooperativa, cómo aprendemos a compartir sin problemas, cómo nos fundimos progresivamente en una manada armónica, en una murga constante, en un milagro de convivencia.

Aprendí de mi padre a apasionarme con los dictados de la vocación. De mi madre a cantar y a amar los objetos bellos y sencillos. De mi padre a creer en el trabajo tesonero y responsable convertido en una forma de servicio. De mi madre a inventar las soluciones más diversas, día a día. De mi padre recibí la consigna de cultivar una inteligencia razonada, funcional, aprendí a medir las consecuencias. De mi madre aprendí que se piensa mejor con el corazón, que el amor y la creatividad se dan mejor con música. Aprendí de mi padre a relacionarme de modo glamoroso con el mundo. Mamá me deslumbró convirtiendo un carrete de hilo en un tractor imparable, un trozo de papel en cometa, un poco de viento en vuelo. Papá me llenó del orgullo de hacer las cosas con pasión y compromiso. Mamá me dio un par de botones y me enseñó a construir un zumbambico. Papá me dio un día las llaves de la casa y mi primer cigarrillo cuando llegó el momento.

Mamá siguió sentándose a mi lado, cada vez que pudo, o cada vez que yo necesité que lo haga, y me volvió a sostener con sus canciones, me acunó una y otra y otra vez con valses y con pasillos y con tangos y cuplés y lo sigue haciendo con la memoria profunda de su voz.

Comentarios

Ernesto Iturralde ha dicho que…
Maravilloso como siempre

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