L A C U L P A D E L O S A B R A Z O S


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A propósito del lanzamiento de la novela CULPA, de Alfonso Crespo



Conozco a Alfonso Crespo más años de los que conviene mencionar, dadas nuestras ya avanzadas edades. 
Corrimos los patios de la misma escuela (con años de diferencia, claro). Sin saberlo paseamos los mismos barrios de chicos, coincidimos en una infinidad de afanes, de juegos, de proyectos y de trabajos ya en la edad adulta.   Cultivamos, cuidadosamente, una amistad que estaba a medio crecer y un momento decidimos ser hermanos y como tales actuar y vivir.   Desde entonces, cada vez que nos vemos, nos saludamos y nos despedimos con tres abrazos.

Disfruto de la proximidad de Alfonso por muchas razones; por la calidez de su trato personal, por la generosa manera de compartir su vida familiar con nosotros, por la radical seriedad de sus opiniones, muchas veces distintas de las mías pero, sobre todo, por la honestidad de sus abrazos. 


Y es que Alfonso sabe cómo abrazarte, sabe hacerlo de muchas maneras y, una que aprecio muchísimo, es su forma de compartir su pasión por la lectura.

Conozco muy pocas personas que lean con tanta asiduidad y entusiasmo como lo hace Alfonso; pero sobre todo conozco mucho menos personas que compartan sus lecturas con los demás con tanto entusiasmo y generosidad.  Es casi imposible sentarse a charlar con él, de cualquier cosa,  sin que algún rato surja un comentario sobre algún autor o alguna obra.  Está siempre al tanto de las publicaciones más recientes y tiene una opinión sobre cada libro.  No es un lector de contraportadas, o de solapas; es un depredador de papel impreso, un voraz consumidor de la historia, de la filosofía, de la  literatura, de las novelas especialmente.

No le tiene miedo al tamaño del libro, no necesita que las historias “tengan fotos” para hacer más llevadera la lectura, consistentemente pasa por alto las estanterías de los best sellers y jamás he visto en sus manos (o en sus comentarios) un libro de auto ayuda.

Tenemos un pequeño grupo, una camarilla se podría decir, que se reúne los miércoles a comer canguil, conversar con ganas y, casi siempre, hablar de literatura, de historia, de filosofía, de temas ambientales. 

A veces sale Alfonso con alguna tontería, como por ejemplo confesar que le resulta difícil la lectura de la poesía porque, dice, le cuesta decodificarla. Entonces nos enfrascamos en una discusión apasionada.  Yo, que creo que la poesía está en la base de todo, o que desearía que así sea, me lanzo a leerle cosas y a tratar de contagiarle de las emociones que me causan;  ¡y lo logro!.  Lo veo disfrutar de las letras, de las palabras, de las figuras.  Esperar pacientemente que me pase el ataque de justicia por la poesía y, como quien no hace nada, encontrar alguna referencia intertextual entre lo que le leí y alguna novela que  le ha fascinado.  Y entonces es su turno.  Se convierte en promotor del libro; nos cuenta lo mínimo suficiente como para engancharnos y nos deja listos para que entremos en su mundo. 

Y para cuando los demás estamos preparados para comentar su lectura el participa entusiasmado, pero a la espera de caernos con un nuevo descubrimiento que otra vez nos deja conectados.  Parece un mercenario de las librerías, o de las editoriales. 

Le he visto convertir más lectores que la mayoría de las campañas ejecutadas desde los ministerios respectivos.

Le he visto llegar al colmo de prestar, de su biblioteca personal, un libro que ni los más prolijos lectores y coleccionistas habían logrado conseguir desde tiempo atrás.

Ahora, luego de tantos años de compartir lecturas, canguiles y conversaciones, me pide Alfonso que revise su novela, que le haga comentarios, que le apoye en su proceso de ponerla en manos del público, y ese es el tercer abrazo.   Como amigo exigente, me mete en el lío de leer su manuscrito y me pide que sea inclemente en mis opiniones.   Me mete en el lío dije y es que eso es exactamente lo que sentí.

Yo soy lector de tiro corto preferentemente.  Disfruto de la poesía, el micro-cuento, el cuento breve.   Pocas veces me conecto con las novelas.  Las miro acecharme desde sus gruesos cuerpos esperando para atraparme y siempre se me cruza algo más corto que me conquista.  Primer problema: las trecientas páginas de su manuscrito representan un reto complicado.   Segundo problema: quiero a Alfonso profundamente.   Y… si su novela no me engancha, si no me gusta, si creo que no debe publicarse; ¿cómo se lo digo sin parecer cruel o arrogante?  ¿O debo dejar que se estrelle solo contra el mundo? ¿Qué clase de amigo debo ser? 

De todos modos, me meto en su libro.  Abro la primera página y veo unos párrafos largos, largos.  No puedo evitar recordar las clases de literatura en los primeros cursos, cuando la definición de novela era: “Modo del género narrativo que se caracteriza por su ritmo moroso, sus laaaaargas y detalladas descripciones de personajes y situaciones y por el desarrollo lento de su argumento.”    Me quiero morir.   Sospecho que me va a resultar tormentosa esta lectura.  Me armo de valor y cierro el libro.  Lo dejo para mañana.  Procrastinar le dicen.  Los abro al día siguiente una vez más.  Recibo una llamada salvadora.  Queda para otro día.  Y así… 

Finalmente hago de tripas corazón.   Me dispongo de la mejor manera, como aconseja mi amigo Juan Samaniego;  cómodo, con buena luz,  algo de picar en la mesita,  los lentes acabados de limpiar.  Arranco;  un niño se prepara para la primera comunión bajo la mirada severa del temido monseñor.  Ensaya la mejor, la más respetuosa y santa forma de tragar la hostia.  Duda si sus pecados le dejarán comulgar sin cometer sacrilegio.  Se pregunta qué mismos es un pecado. Qué es un sacrilegio.  No sabe cómo puede haberlos cometido sin saber lo que son.  Y teme, teme al demonio, teme al infierno prometido, teme a los efectos de masticar la hostia accidentalmente...teme.

Recuerdo; un cierto dolor se anuncia bajo el esternón; la figura adusta, severa, cadavérica del director de mi escuela se me instala en la memoria.  Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. 
Sigo leyendo, avanzo en sus angustias, me siento incómodamente retratado en los pasajes de este largo primer capítulo, largo sobre todo porque la memoria lo extiende, lo estira, lo vuelve a sufrir; acúsome padre porque he pecado…

No me he dado cuenta y el libro terminó. 

Pasaron mil historias y personajes; pasaron tensiones y situaciones que, tengo que aceptarlo, me mantuvieron conectado.  Fui por momentos estudiante, enamorado, tirapiedras, hijo, hermano, abandonado, protector y protegido, inquisidor y torturado,  alumno y detective, secreto y secretario. 

Fui tantas veces inocente, tantas veces culpable.

Cierro el libro con una sensación untuosa de liberación y remordimiento.  De tiempo perdido y de luz recuperada.   De la paz que puede dejar un justo asesinato o de la muerte que puede esconderse detrás del silencio.  Cierro el libro.  Pienso; este negro Crespo es un terrible.  Me metió en el lío, me metió en su trama, me metió en su libro.  Lo volvió a hacer, nos volvió a demostrar cómo deben hacerse, entre los hermanos, los abrazos.




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