Faltan palabras
Roque Iturralde
Suele suceder que te falten las palabras. Buscas y buscas en tu memoria y no hallas en nuestra lengua
palabras para describir las imágenes y las experiencias que te emocionan cuando estás en Mashpi.
Pero, urgido el corazón por nombrar esos momentos, empieza a crear algunas palabras nuevas; inventadas por la pura necesidad de decirlas.
Se me ocurre
Agualuz, para referirse a ese brillo de micrométricos diamantes que causa el agua suspendida entre la luz del bosque, esa llovizna que ilumina las hojas centenarias de sus árboles mientras les da su baño diario.
También me asalta la palabra
Nublájaro, para ese revolotear de trinos y colores con que las aves parecen salir de entre el cielo nublado, posarse sobre los líquenes de sus copales incunables y dejarse mansamente fotografiar antes de volver a sus ocupaciones aeronáuticas.
Verdeflejo quizá diga algo sobre ese centellante parpadeo que las hojas, mojadas desde el principio del tiempo, producen cuando su rubor de clorofila coincide fugazmente con los esquivos, móviles, migratorios rayos del sol.
Cuando miro el piso del sendero por el que avanzo, ese color que muestra la tierra y que me recuerda al
tabaco seco en los caneyes, al dulce de guayaba, al color de la arcilla en manos del alfarero, me sobreviene un deseo enorme de decir Barraranjado y sigo, apoyando mi bastón de caminante, para adentrarme en los descubrimientos que aún me esperan.
Binocultarse puede describir ese juego que hacen las aves, ese en que se quedan quietas mientras colocas los binoculares en posición de observarlas y justo un momento después, cuando empiezas acreer que las tienes para ti solo, vuelan para que otro viajero las pueda poseer por un instante... claro,
siempre vuelven al cristal de tus prismáticos.
Cuando miro a contraluz, entre las ramas de este bosque primario, el sol que se pone allá a lo lejos, iluminando de rojo los musgos que cuelgan de sus copas, me persigue una palabra como Crepusculíquenes
... y huele a montaña vieja por un rato.
Cuando hablamos del tiempo, el que parece tener su propio ritmo en Mashpi, aparece la palabra
Goternidad, que describe el tiempo que puede tomarle a una sola gota de agua caer desde una hoja al
piso. Ese tiempo que es capaz de fascinar, atrapar, hipnotizar a quien observa y que no encuentra ninguna explicación racional en las clases de física del viejo profesor.
Bastaría con decir que el plato de la cena de anoche fue Desleicioso para ilustrar la delicadeza y
suavidad con la que ese “encebollado deconstruido” se fundió en la boca; pero aparecen también
palabras como Fríagante, para describir la aromosa frescura del agua de ataco constantemente renovada en la habitación.
Amashpibilidad; para referirse a ese trato que es mucho más que cortés, más que amable, más que educado con que te distingue cada uno de los miembros del equipo desde el momento en que llegas y que hace que le sepas siempre listo para servirte, sin aparecer jamás inoportuno.
Pensándolo bien, no es fácil encontrar palabras para lo que sucede en Mashpi porque en realidad no es
fácil encontrar experiencias como las que aquí se viven. Mucho más que tu casa en las nubes, mucho más
que un hotel de tan extraordinaria categoría que no se mide en estrellas, Mashpi es sobre todo un santuario de la vida al natural en las estribaciones de los Andes, un encuentro con el mundo como debió ser desde el principio, como es desde que el tiempo es tiempo.

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