Mucho más que suicidas

Roque Iturralde


POETAS ECUATORIANOS DEL SIGLO XX - parte 1

Por razones que poco nos hemos explicado, tendemos a asociar la poesía ecuatoriana con los textos de Medardo Ángel Silva y sus compañeros de la generación que Raúl Andrade  llamara, de los decapitados.  Los cuatro jóvenes poetas, Silva, Humberto Borja, Humberto Fiero, Ernesto Noboa y Caamaño,  siguieron en lo literario la huella de los simbolistas franceses del siglo xix (Baudelaire, Verlain, Víctor Hugo, Samain y Rimbaud) y de poetas modernistas americanos como Rubén Darío.

Los cuatro poetas murieron tempranamente, todos tras suicidarse, dejando una saga de poesía depresiva, que canta al amor no correspondido y encuentra en la muerte fuente de inspiración permanente.

Los poemas “El  Alma en los Labios”, de Medardo Ángel Silva, y “Para Mi tu Recuerdo”, de Arturo Borja, se constituyeron en los íconos emblemáticos de la generación al haber sido convertidos en pasillos y muy rápidamente popularizados por Carlota Jaramillo y el dúo Benítez y Valencia.


 PARA MI TU RECUERDO

 ARTURO BORJA  (Quito,  1892-1912)​


Para mí tu recuerdo es hoy como la sombra

del fantasma a quien dimos el nombre de adorada...

Yo fui bueno contigo. Tu desdén no me asombra,
pues no me debes nada, ni te reprocho nada.

Yo fui bueno contigo como una flor. Un día
del jardín en que solo soñaba me arrancaste;
te di todo el perfume de mi melancolía,
y como quien no hiciera ningún mal me dejaste...

No te reprocho nada, o a lo más mi tristeza,
esta tristeza enorme que me quita la vida,
que me asemeja un pobre moribundo que reza
a la Virgen pidiéndole que le cure la herida.


Quizá por esa afición a terminar nuestras fiestas cantando pasillos, hemos colocado en el pedestal de los poetas a estos jóvenes suicidas.  Es por ello, tal vez, que tendemos a generalizar y afirmar que la poesía de los decapitados es la esencia de la poesía Ecuatoriana.

Si negar su valor poético y anecdótico, hay que entender la poesía de los decapitados como poesía de juventud; sus autores (el que más vivió 40 años) escribieron bajo el signo del spleen que caracterizó a la juventud burguesa de las primeras décadas del siglo xx; miembros de una burguesía que había perdido poder en el entorno de los cambios políticos y económicos de la época, en una referencia ciertamente tardía de lo que fuera el simbolismo francés de los poetas malditos (cincuenta años anterior) y el modernismo americano marcado por la influencia de Rubén Darío, de finales del xix y principios del xx.

Más allá de nuestros suicidas modernistas, nuestro país ha producido poetas de enorme valor cuya resonancia ha quedado eclipsada por la tragedia de los decapitados.

Hablar de nuestros poetas del siglo XX, requeriría varias ocasiones y muchas lecturas.    Nos metamos hoy con unos pocos, los que aparecen más a la mano en mi pequeña biblioteca y entre ellos Citemos al enorme César Dávila Andrade, el Fakir.  Si bien por esas costumbres de nuestros profesores de preferir lo heroico, lo épico o lo indigenista lo conocimos por su gigante Boletín y Elegía de las Mitas, poema de carácter monumental que convirtió en poesía la tendencia indigenista de la primera mitad del siglo xx, Dávila Andrade es poeta de grande y diversa producción. De sus distintas etapas como creador, he traído para ahora varios fragmentos de sus poemas. 
En su etapa más mística, CDA hace un manifiesto resueltamente panteísta en uno de sus más hermosos textos:

Oda al arquitecto
         César Dávila Andrade

Oh antiguo Arquitecto de las gaseosas manos,
los candelabros alzan su lengua hasta tu nombre
y mi alma adelgazada te besa entre las cosas.

Tú, en la callada tierra de azafrán de los muertos
y en la ligera mesa en que huye el alfarero
con pie impar y leve.

Tú, en el confín que abrieron las blancas jerarquías
para ordenar el vuelo de las primeras aves
al fondo de una época hoy secreta en tus ojos.

Tú, en los arcos profundos de las aguas genésicas
que labraron un tímpano para las caracolas.

Tú, en el espacio eterno, veloz e inamovible,
ausente en la profunda delicia del secreto.

Irreal y perenne. Altísimo e Intimo.
Arquitecto sagrado, de las gaseosas manos.


Por Ti las rosas mueven sus codos de frescura
y las dalias sus rótulas de ácido rocío.

Por tí el árbol reposa en su quicio de roca
y los antiguos mitos, en sus torsos de mármol,
con los ojos lejanos de mineral continuo,
fijos, despetalados, absortos de pretérito.

Tú respiras la brisa dorada del cabello,
la tibia arborescencia que lactan las gacelas,
la delgadez fragante de los hilos de hierba
y en la última tarde nos respiras el alma.

Por ti usa la abeja su brújula de rosas
buscando su capilla al través de los árboles.
Por Tí el sur del cielo enrolla sus montañas,
inunda de tristeza el fondo del zafiro
y guarda en una esmeralda el cuerpo de una niña.
Por Tí el corazón sigue golpeando el cielo
y la sangre se tiende sollozando en la tierra.
Oh invisible Arquitecto de las etéreas manos.

Tú, en la ciudad antigua rota por mil clarines,
en el carmín nostálgico de los besos heridos
y en la débil memoria de la nube en el agua.
En el cedro vendado de navíos y fábulas;
en el yodo secreto de los pies de los hongos,
sobre sus cabecitas de tierno pan mojado.
En el estío de oro y torres de amaranto
que llega con centauros y fraguas de berilo
y con rojos ramajes de escorpiones heridos.

Tú, en la física llama del tacto en nuestras manos,
en su secreto ocaso y en su clima cerúleo,
en sus ciegos riachuelos que te sienten y palpan
y en su hidrografía que va al mar del sepulcro.
Oh sagrado Arquitecto de las eternas manos.

Tú, en la buena madera que amasaste con flores,
con agua hija de nube, nutritiva y delgada.
En el árbol que cuenta los años con coronas,
en sus hojas que tienen un paladar de aroma.
En la antigua montaña, maestra de palacios.
En el bosque en que arden tus azules arterias
cuando el viento de junio suena el cuerno de caza.
En el musgo que extiende su lento manuscrito
y en el polvo durmiente que llora tus sandalias.

Tú, en la blanca vendimia que afana a tus arcángeles
y en su callado viaje alrededor del aire.

Tú, en el dorado toro que piensa en el otoño,
en su tierna memoria de gema oscurecida
y en su lenta conciencia que aún no tiene bordes.
Oh antiguo Arquitecto de las aéreas manos.

Por Tí las golondrinas llevan la primavera
con tembloroso luto al través de los mares.
Por Ti tienen los nidos modelada con briznas
la copa fiel y tibia de un seno femenino.
Por Tí cultiva el mármol su rosal geológico
y encabrita en los frisos sus caballos inmóviles.
Por Tí las codornices tienen la voz de trigo
y las hojas de invierno usan guantes de lana.
El árbol busca el humo de tu celeste altura
y las colmenas cantan su marea dorada.
Oh antiguo Arquitecto de las perfectas manos.

Tú, en la zona del ámbar que atraviesan los ángeles
con sus carros de cera, su cosecha de lino
y con los tiernos vasos de su temperatura.

Tú, en el hombro desnudo del arroyo en la espuma,
y en el aguijón lento del sonido en el sueño.

En el temblor concéntrico de los lagos heridos
y en el sepulcro errante de las voces que fueron.

En la música que anda por el cielo hace siglos
y alguna noche baja hasta nuestros oídos.

Tú, en nosotros: dormido, vigilante y profundo.

En la secreta nube de la melancolía,
en este oscuro viaje de adversidad y gloria,
en este vago sueño mortuorio que vivimos.

Respiras nuestro gozo, nuestro dolor, nuestro aire
y en la noche postrera nos respiras el alma.

ESQUELA AL GORRIÓN DOMÉSTICO
 
Hermano mínimo
idolillo de musgo
tu que viajas con muletas de alambre
y una flor de alfalfa en la solapa
 
¿En dónde oí tus pasos de violeta seca
tu suspiro que tiene cabeza de alfiler
tu voz liviana y pura de grano de maíz?

Fotógrafo ambulante de los patios urbanos
yo te envío un saludo
de liquen
de centeno
de albahaca
Un grano de mostaza y una gota de vino

Te esperaré mañana en la azotea
Procura ser puntual
conversaremos del premio de fin de año de los tréboles
de la dalia que florece
del as de oros
y de la orografía del tejado
Después, no se

Y cuando esté ya muerto baja a verme
picotea en mi lengua sin cuidado
encontrarás en ella las palabras de amor que ahora se  me escapan
y las letras de un nombre amado
Laura

Los Microgramas de Jorge Carrera Andrade, pequeños gigantes de nuestra poesía
Escritor y diplomático,  Jorge Carrera Andrade legó una huella que supera largamente la de su función como embajador del país en Japón, Francia, CentroAmérica, y la de columnista referente de los diarios capitalinos.  Su poesía es muestra de la mejor calidad poética.  De entre su obra, destaco hoy sus microgramas; poemas mínimos, influenciados por el Haiku japonés, sin serlo, que nos muestran un poeta de enorme sensibilidad y poderosa pluma.   Los microgramas de Jorge Carrera Andrade, son una cátedra de capacidad de síntesis y de conocimiento del lenguaje.


Nuez: 

Sabiduría comprimida

diminuta tortuga vegetal,
cerebro de duende
paralizado por la eternidad.


Moscardón: 

Uva con alas.

Con tu mosto de silencio
el corazón se emborracha.
              
Golondrina:
Ancla de plumas
por los mares del cielo
la tierra busca.


Guacamayo:

El trópico le remienda

con candelas y otros su manto
hecho de todas las banderas.




GRANO DE MAÍZ

Todas las madrugadas

en el buche del gallo

se vuelve cada grano de maíz
una mazorca de cantos

Uno de sus poemas más importantes, nos propone una visión esperanzadora del futuro.



Vendrá un día más puro que los otros...

               

Vendrá un día más puro que los otros:

estallará la paz sobre la tierra

como un sol de cristal. Un fulgor nuevo
envolverá las cosas.
Los hombres cantarán en los caminos,
libres ya de la muerte solapada.
El trigo crecerá sobre los restos 
de las armas destruidas
y nadie verterá
la sangre de su hermano,
El mundo será entonces de las fuentes
y las espigas, que impondrán su imperio
de abundancia y frescura sin fronteras.
Los ancianos tan sólo, en el domingo
de su vida apacible,
esperarán la muerte,
la muerte natural, fin de jornada,
paisaje más hermoso que el poniente.
-->


Manuel Zavala Ruiz  (Riobamba 1928)


En el principio 

era el hombre

hortelano y nudista;
cultivaba ángeles como alcachofas,
y Dios le lamía 
como una vaca, el alma...   


ESQUEMA DEL SOMBRERO

Hay en todo sombrero el intento de un viaje,

una noche en vigilia o un saludo en espera... 

Código de señales para el refinamiento,
el sombrero es un ente pensativo que sueña...

De su estirpe de ave le queda sólo un ala

y el modo misterioso de posarse en la percha: 

en él hay algo humano de solterón antiguo 
y es, de todo el ropero, el único que piensa...

Alquila por la nada sus rodajas de sombra

y sirve de alcancía huraña al pordiosero; 

se estiliza en aureola para su rol de santo 
y el bonete del cura le consagra torero...

Cáscara intelectual o duende oscurantista... 

Decapitado anónimo o insospechada omega...

Anticipo del huésped o porción de silencio... 
Plenitud del reposo y víspera de la idea...

Le vuelve un niño triste su viudez neurasténica... 

Burlón, malencarado, juega a las escondidas...

Es un monstruo en reposo cuando está bocabajo 
y es un nido en ensayo cuando está bocarriba...
    

Carlos Suarez Veintimilla:          
Cuicocha

Laguna
-piedra, cristal y azul- solo laguna,
sin pintura de prados sonrientes,
sin risas importunas
de pescados de plata y pescadores,
sin garzas blancas y sin blanca espuma.
En un azul, el cielo
-lejanía y hondura-
y la sombra serena de los muros
sobre el agua profunda.
Agua sin la sonrisa de las luces
que bruñen de fulgores las alturas,
y ornan de áureos relieves caprichosos
las murallas obscuras.
Los islotes gemelos
surgen del corazón de la laguna
-tierra para las plantas que caminan
en busca de quietud, de agua y de luna…-
Agua que esta mejor bajo el celoso
abrazo de la bruma
y bajo las cortinas musicales
de la lluvia…
Agua para pensar –cristal cerrado,
como en el cuenco de una mano obscura
en una austera y triste lejanía
y una gran soledad, tranquila y muda…-
Piedra, cristal y azul –callado espejo
del silencio, los astros y la altura…-


Fragmentos:

Julio Pazos:  Velocidad
….
En el ensayo del sueño acelero, 
jabalina que avanza en la bruma,  
y me alejo. ¿
En qué orilla descansaré?  ¿
En dónde depositaré la insignia? 
¿Se repetirá la acechanza del vacío?


Jorge Enrique Adoum:  Despedida y no

Como un muerto, amor, yo me incorporo,
echo puñados de olvido y grava,
tablas que mordí, piedras, lo que queda de mí
y de las flores que un día me pusieron,
y todo lo que echaron sobre ti para enterrarme:
las embriagueces de la equivocación,
toda la complicidad por amor,
todo el amor que confundí con el silencio,
los clavos que no me dejaban ir hasta tu frente.



Iván Oñate

Llueve en mi ciudad y llueve sombra.
Hojas de Calendario manchadas por un tiempo que no vino,
por un tiempo que se fue amarillando / las palomas, los dientes,
las babas fieles a su perro. Llueve.

Llueve desolación y fotos podridas sobre mi cama.

Llueve en las cocinas, en los armarios donde se pudre la ropa,
sobre los niños y sus textos de historia.

Porque para eso esta la lluvia, para que se borre todo límite y se
corra la tinta.

Pero también, para que de un día escampe y resuene su luz en toda
memoria.

En ese día será todos los días y desde Buenos Aires lance su
llamada a todos los rincones del mundo.

Existimos porque nuestra obra existe. En la fatiga que cimentó
el porvenir de lo humano y habitará más allá del olvido, más
allá de todo sombra.

…….



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