De profundis
Por Roque Iturralde
Fue una sensación curiosa. Cuando, a la madrugada, desperté urgido por
las micciones imperativas, clásicas de mi edad, me di cuenta de que había
estado sumergido en unas profundidades más antiguas, más densas y más
desconocidas que las del sueño.
Supe que en esas profundidades abisales
habitan los seres de la memoria.
Aquellos muertos a los que quisiste y aquellos a los que quisiste
muertos se mueven sin gravedad, sin angustia, sin miedo, en una oscuridad en la
que todo es visible, pero sin sombras ni contrastes.
Allí encontré a mis padres en un viaje
plácido hacia un horizonte que se adivinaba en sus miradas. No me vieron.
Allí mi abuelo, músico romántico y oficioso grabador, ponía a girar un
trompo mientras me disparaba esa sonrisa cómplice que tanto amé, amparada bajo
su sombrero de ala cordobesa. Allí mi
suegro, pasaba con su bondad intacta de un lado a otro, como un viejo navío a
la deriva.
Allí, seres sin rostro y casi
transparentes, los otros abuelos, bisabuelos, tiabuelos, tiobisabuelos que
nunca conocí y de cuya existencia solo supe por las nostalgias escapadas de
boca de mis hermanos, simplemente estaban.
Levantarse fue como pasar progresivamente
del canto grave de un bajo en una especie de mantra profundísimo, hacia un coro
polifónico de castrati con sus bellas voces asexuadas y enigmáticas. Un despertar progresivo, untuoso, en el que
fue necesario que cayeran de mis hombros
las cargas del día; que dejaran mis oídos los ruidos y los radios de la vida
cotidiana; que mis manos vieran resbalar las madejas de mi tejido obsesivo y
recurrente; que mi cabeza recogiera las
lágrimas y las lagañas de noches en vigilia; que a mis piernas varicosas y
manchadas recurrieran los fervores de mis tiempos de ciclista; que mi espalda
azotada por accidentes de otros tiempos resignara sus remilgos; que mis
rodillas, finalmente, decidieran ser sustento, soporte y gozne para iniciar mi
desorientado viaje al urinario.
La noche no cedía en sus empeños. El árbol que veo desde mi cama, fundido
contra el cielo chirle de la madrugada, parecía un samurái gigante con su
catana alerta y su impasible rostro de sabio en ciencias inimaginables.
Desde algún lugar, seguramente lejano y amarillento,
llegaban los rescoldos de un valsecito humilde, alcohólico y renegado.
Olía a lavanda.
Pensé en Pitágoras, no sé por qué. Pensé en mi amigo Raúl, recordé su pasión por
la melancolía. Conecté mi recuerdo con
el viaje de la perra Laika al espacio, sentí desesperación por sus ladridos
rebotando en la estratósfera y por su probablemente impronunciable nombre
verdadero.
Al volverme a sentar en la cama, se me
vino de un golpe a la memoria toda mi etapa de estudiante secundario. Incomprensible. Inefable. Un desatino de hormonas y
expectativas; un coctel de ideologías de folleto y promesas místicas; un montón
de falsos amigos verdaderos; unos pocos registros que se grabaron en el alma y
se quedaron; un escenario de logros y fracasos, de sueños y lecturas, de
viriles energías convertidas en fútbol o en borrachera; en fin, un caos surrealista y vital que se
despeñaba por el estercolero de la nostalgia..
Me tumbé sobre la almohada. Fue un asombro, una revelación, un
misterio. Me tomó casi media vida ese
gesto. Superar los cincuenta o sesenta
centímetros de esa caída en el vacío del lecho significó un camino de años, de
siglos, de ancestros y arquetipos. Me vi
en tantas vidas previas o futuras que no logré contarlas. Me descubrí vikingo y luego peregrino en la
Europa oriental. Fui durante un instante
médico, mecánico, músico, soldador.
Compuse y descompuse artefactos e ingenios que nunca existieron y que
nunca existirán. Volé con mis propias
alas, nacidas de un viejo anorak, seguramente heredado de mis antecesores
esquimales. Caí, caí, caí, girando como
un gimnasta, como una linterna que se apaga, como un zapato sin cordones. Caí con todo el peso de mi cabeza de duende
sobre la tibieza emplumada de la almohada y dormí.
Más profundo que el sueño más
profundo. Así dormí, por primera vez
luego de varios meses de insomnio, el día en que el doctor me recetó un
calmante que yo no conocía (lo cual es mucho decir, para un adicto).
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