Buenos Aires, mis amores


Roque Iturralde

Finalmente, aquí, en medio de la discreta soledad de un pequeño hostal boutique de Asunción, tengo unos minutos para sentarme y revisar lo que han sido estos  días de viaje hasta hoy.

Luego de salir de casa, pasados los trámites y procedimientos que cada vez son más simples, todo fue meterse de cabeza en el libro que me acompaña.  “La sonrisa etrusca”, de José Luis Sampedro.  La historia  del traslado de un viejo campesino a la metrópoli, (con una pausa forzosa en un museo, en la que se abisma frente a una escultura etrusca, la pareja y su sonrisa, arrimados al catafalco) que le toca profundamente,  y que se  convierte en el descubrimiento alucinado de la ternura, que florece entre las memorias de guerras y de conquistas de este viejo duro como la corteza de un árbol y el elemental golpe del amor que es capaz de asestar un niño (una verdad), para clavarse entre  la vacuidad de la vida urbana, el cáncer y ese “otro” descubrimiento de la mujer;  paradójico descubrimiento porque tarda en llegar, pero jamás llega demasiado tarde para quien sabe encontrarla.

Tal vez porque el libro habla de un abuelo, tal vez porque habla de un nieto, o tal vez no, el corazón me empieza a galopar autónomo cuando siento que la distancia se acorta hacia Buenos Aires.  Voy de paso a Asunción, pero me quedaré unos días con mis nietos, los dos más grandes, quienes viven sus primeras escaramuzas con la vida adulta.   No puedo esperar el momento de abrazarles.  Siento una irrefrenable urgencia de quererles de modo irresponsable. De pasear con ellos por donde ellos quieran, comer lo que les dicte su apetito, romper a mi cargo y por unos momentos su racional y meticulosa austeridad, verles vivir su propia vida.

Me recibe Melissa en la puerta del edificio en el que vive.  Bella como siempre. Su abrazo y su sonrisa me acogen, me iluminan,   me abrigan en medio de este Buenos Aires que se enfría cada día un poco más.  Arriba Mateo, en su ritmo siempre  calmo, espera sin zapatos, medio echado en el sofá, disfrutando de alguna serie en la televisión.  Él acaba de llegar hace muy pocos días y todavía es una especie en proceso de aterrizaje.  Su natural dulzura me coloca un beso en la frente y con ello se completa mi llegada.  Ya estoy donde quería estar, el corazón jubiloso retoma su andar y me siento feliz, estoy con ellos.

Las preguntas se cruzan veloces, de lado y lado, sin dejar espacio para las respuestas.  Ellos quieren saber de su hermano, de sus padres, de sus primos, de sus tíos y amigos, de su país; yo quiero saber de su vida, de cómo se sienten tan lejos y con tantos retos, de si tienen amigos, de si les alcanza el dinero, dónde compran, qué comen, si tienen la suficiente seguridad, si avanzan sus sueños…

Salimos a comer algo.  A pocos metros de su vivienda un restaurante prohibido para ellos, simplemente pasan por su lado, no se han planteado nunca sentarse a comer allí.  Yo insisto, les invito, consigo permiso de la Pelu para hacer un gasto que ella no haría, les explico que es mi placer, mi derecho, invitarles hoy.  Comemos bien y abundantemente, disfrutamos el momento, aprovechamos para conversar. Se van perfilando las personalidades, las expectativas, el modo de ver la vida de cada uno de ellos.  Son muy distintos.

El día siguiente fue para acoplar horarios y hábitos. Yo estoy muy acostumbrado a levantarme temprano y aprovechar cada minuto de mis viajes.  Siento que no puedo desperdiciar un instante, que debo beberme la ciudad, caminarla, vivirla.  Pero yo soy un turista.  Estoy de paso.  Mi Pelu vive aquí, hace su vida basada en los estudios universitarios por la noche.  Vive como esta ciudad, desde muy tarde en la mañana hasta el amanecer.  El Mateo, por su parte, está en su período sabático.  Tiene de todo, menos apuro.  No obstante conseguí sacarles de la cama y como a las diez de la mañana estuvimos desayunando en el mismo restaurante que nos acogió la conversación de la noche anterior.  Yo completamente listo.  Los chicos, debieron volver aún a bañarse para salir. 

Lo que vino después fue un arrebato de actividad.  Subte, compras para la Flaca, colectivo al cambio de monedas que le paga a la Pelu unos pesos más por los dólares, caminata y paseo por recoleta, su plaza de Francia, su cementerio.  Y de allí para Avenida de Mayo.  A visitar librerías de viejo (un ejemplar perfecto de las  obras completas de Shakespeare en edición Aguilar: papel biblia y cuero), almorzar, visitar la Plaza de Mayo en medio de una manifestación por la legalización de la Marihuana. Llegar a Florida para instalarse en una búsqueda de calzoncillos, un jean para el Mateo, medias para la Pelu, zapatos talvez, un pantalón quizá, todo, sí… mejor todo… para terminar en Galerías Pacífico, agotados, sentados a la mesa de un café en el que se demoran tanto en atendernos, que nos da tiempo para reponer los cansancios.  Seguir, ya por la noche, de shoping fallido en Florida, caminar hasta el Gran Rex para (luego de un trozo de pizza) un show de Les Luthiers   que alivia con risas nuestra fatiga; terminar casi a media noche sentados  en un restaurante que nos sigue reponiendo lo que hemos desgastado de energía toda la jornada.  Con un frío que pela, volvemos a casa como quiere la Pelu en su lógica económica:  en bus hasta Belgrano para que el taxi no cueste tanto.  Estamos rendidos, divertidos, cansados.  Antes de dormir, la advertencia llega tajante:  “aue; mañana no empecemos tan temprano por fa”. 

La vida es bella junto a estos chicos.  Es Domingo y empezamos el día con media luna y pasta frola adquiridos a la vuelta de la casa y comidos desde una funda de papel en el subte.  Directo a San Telmo.  Me fascina ver al Mateo alucinar con la ropa vieja de un sitio bellísimo que me ha recordado tanto a la Churos: se llama Cualquier Verdura y es un espejo del Arrebato de mi hija.  Con más experiencia, más dinero y una casa en San Telmo, está llena a reventar de miles de cositas recogidas de la memoria.  Es un juguete, un sueño.  Algo compran los chicos, echan la mano a sus carteras para pagar una blusa y una chaqueta, no les dejo pagar, disfruto de invitarles a estos pequeños antojos.  Seguimos por San Telmo feria y luego mercado de pulgas, en busca de cachivaches que no encuentro.  A pesar de mi extrañamente austero temperamento de este viaje (estoy aquí para comprar cosas para ellos, no para mi) termino con un par de cosas; un estuche de cámara de espectacular tamaño; un camión hecho con la lata de unas galletas; unos poquitos carretes de  madera de viejos hilos, que se convertirán rápidamente en esos divertidos tractores que siguen labrando campos imaginarios en mi más temprana memoria.

Almuerzo en Puerto Madero y de regreso: el Mateo a casa pues su estómago no le ha tratado muy bien estos días (o él no a tratado muy bien a su estómago), la Pelu y yo a la feria del libro.  Paseo en el frío.  Stands con un montaje de gran calidad.  Un ejemplar de El Principito que mi Pelu extraña, un ejemplar de Número Cero, lo más reciente de Umberto Eco, un regalo creativo para mi Malenush.

Al volver a casa, mucho frío, pasamos un rato a la tienda de los chinos, buscamos algo para el desayuno del lunes y lo necesario para dejar haciendo mayonesa para los chicos. Me llena de orgullo que les guste la mayonesa hecha por mi, entonces me empeño y les dejo dos frascos llenos. 

Mientras preparamos la mayonesa y un pequeño sánduche para cenar, iniciamos una conversación que nos lleva a íntimos recodos de nuestras vidas. Sobre todo, a los de ellos.  Su familia, su relación con su madre,  con el Christian, con la ausencia de su padre, lo que significa la familia ampliada para ellos, los roles que cada uno juega en la vida, las expectativas, los sueños, los temores, las angustias…  Todas esas conversaciones que antes no las tuvimos porque eran muy niños, o porque siempre estábamos ocupados, o porque después ya crecieron, ya tomaron un avión, ya no están ahí todos los días.  Maravilloso, se me recarga el corazón con esta charla.  Me lleno de orgullo, de amor, de alguna preocupación, de varias preguntas.  Veo que son mis dos nietos primeros, los que me hicieron abuelo antes de terminar de ser papá y el enorme amor que siento por ellos me proyecta de inmediato a mis otros cinco nietos. Todavía chicos, igual de amados.  ¿Qué será de ellos en el futuro? ¿Seguirán teniendo abuelo como lo tiene este par?¿Me quedarán las fuerzas y los recursos para mimarles irresponsablemente cuando tomen su camino y decida seguirles? ¿Cuántos años tendré cuando el abrazo extrañado a la distancia sea el del Paulo, o el del Luca? ¿80?¿90?  ¿Qué pasará para ese entonces con los hijos de mis nietos? ¿Dónde oiré cantar a la Malena, disfrutaré la creatividad del Tomás, la distante cercanía del Matías?

Sigo en la lectura de La Sonrisa Etrusca.  No me atrevo a parar.  A momentos el corazón se me reblandece leyendo a ese viejo que descubre que si hay algo verdadero es un niño.  Un nieto.  No soy ese viejo de la novela y sí lo soy  a la vez.  Lo seré sin duda aunque tan poco me parezca.  Mis Brunettinos son siete y me han dejado ver que un corazón que ama jamás se divide entre los seres amados; se multiplica en cada uno de ellos.

Llega el lunes, debo viajar a Asunción.  Me levanto lo más sigilosamente posible para evitar despertarles.  Les miro dormir y solo siento ganas de abrazarles.  Me preparo, armo mi maleta, para cuando salgo de la ducha, ya la Pelu ha preparado un desayuno para compartirlo conmigo.  El Mateo nos siente y se une al desayuno. Me emociona su pan tostado, el huevo cocido, su café instantáneo (jamás lo tomaría si no fuera el de ella), su frasquito de mermelada cuidadosamente consumido. 

Me voy.  Me despide el Mateo descalzo en el departamento y con un beso en la frente y un abrazo.  Me acompaña mi Pelu hasta la puerta del edificio donde me espera el taxi que ella eficientemente ha coordinado.  Me da un beso.  Nos abrazamos.  Nos decimos gracias, al mismo tiempo, quitándonos la palabra de la boca.  Me voy.  Se queda ella, bellísima, luminosa.

En el avión, abro una vez más el libro.  Faltan pocas páginas.  El viejo, perdido ya en los laberintos de su memoria, gana todas las batallas que necesitaba ganar para su nieto.  Está rodeado de un amor tan fresco que aún no acaba de inventarse.  Envuelto en su vieja manta el pecho le duele, no le duele de dolor, le duele de tanto amor.  El pequeño Brunettino alcanza a decirle “abuelo” por primera vez.  El viejo tiene una sonrisa en su rostro, la misma que vio en la estatua etrusca, allá, en una pausa entre sus mundos.   Cierro el libro. 

Comentarios

María Augusta Iturralde ha dicho que…
Que podamos disfrutarlos es un regalo. Llegaron antes de que podamos estar listos para recibirles y lo hicimos de la única forma que sabemos: Con amor.
RI ha dicho que…
Fe de erratas: donde dice "...pues su estómago no le ha tratado muy bien estos días (o él no a tratado muy bien a su estómago)" debe decir "...pues su estómago no le ha tratado muy bien estos días (o él no ha tratado muy bien a su estómago)"

Mil disculpas

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