¡Ah, la maldita gramática! O reivindicación de los adjetivos


Por: Roque Iturralde


Buena parte de la infelicidad humana, comienza en la escuela.  Una vez que hemos pasado los primeros grados, en los que aprendimos a traducir los signos gráficos en sonidos, y la unión de esos sonidos en palabra, y comprendimos que cada palabra nombra la imagen de algo espejado en nuestra mente; nuestros maestros se empeñaron en convencernos que la vida depende de cuánto podemos memorizar sobre gramática, aritmética, geografía, historia de límites

Es allí cuando aparece la maldita gramática; ¿cuántos recuerdos les trae esta definición? la gramática es la ciencia que estudia el correcto uso del lenguaje y las distintas partes que lo componen . Es el arte de hablar y escribir correctamente el idioma

Y con la gramática llegó la lista incompresible:  la prosodia, la ortografía, la sintaxis, la puntuación, la acentuación, el género, el número, los sufijos, los prefijos, el sujeto, el predicado y, por supuesto, el sustantivo, el adjetivo, el verbo, la conjunción, la preposición, el adverbio y el siempre taimado pronombre, trémulo en su identidad, suplente ocasional del sustantivo y sin la personalidad desvergonzada y practica del adjetivo.

Ni hablar de cosas más complejas; las proposiciones subordinadas, las construcciones adverbiales, las perífrasis temporales, el pluscuamperfecto del subjuntivo, las diferencias sutiles en la construcción de las formas impersonales y las reflexivas de algunos verbos, los solapados modos de conjugación de los irregulares y ¡cómo no! el superlativo, colmo de la arrogancia entre los adjetivos comparativos de superioridad.


De la lectura aprecio particularmente su calidad de multifacética; como un diamante, tallado en cientos de facetas para recibir y refractar la luz desde todos los ángulos posibles, así la lectura nos permite acercamientos tan diversos como el ánimo de quien lee.  Puede uno acercarse al texto con la avidez del investigador que espera encontrar un dato para aclarar una duda o una hipótesis; o llegar al texto con el interés de adquirir conocimientos, mejorar las capacidades para competir o, simplemente para sobrevivir; puede uno simplemente relacionarse con la lectura por el simple placer que esta provoca, o porque se conecta, como una medicina, con el estado del ánima;  puede uno llegar con el bisturí del estudioso o con la lupa asombrada del explorador.  En mi caso, prefiero por lo general enfrentarme al texto con la actitud de quien escucha a alguien contarle algo que puede resultar fascinante, placentero, asombroso.  Pero una vez que me he relacionado con el texto en este plan, generalmente algún tiempo después, si es que ese texto logró en su momento atraparme de algún modo, suelo retomarlo y volver a leerlo. Muchas veces lo hago para volverme a asombrar de la estructura, del recurso utilizado por el autor; no puedo dejar de aplaudir interiormente las audacias de Cortázar y sus estructuras cíclicas, o las obsesiones pobladas de laberintos, brújulas, sueños y falsas erudiciones de Borges; o los finales abiertos, simplemente insinuados, de Ray Bradbury; o la adictiva y esclavizante hipérbole continua y  repetitiva de Saramago.   Otras veces, ya liberado de la tensión que significa el descubrimiento esperado de la siguiente línea, o de la siguiente página, muchas veces lo hago simplemente por degustar el puro placer de la palabra y la maestría con que el autor la usa como ingrediente de esa delicia que nos ofrece entre sus páginas.

Releo, y por puro placer de la palabra, los doce cuentos peregrinos.  Descubro con sorpresa que no son los mismos que releí hace unos años y leí varias veces antes. Miro bien los datos de edición, me aseguro, rebusco en la memoria.  Decido.  Yo no soy el mismo.  Mi lectura, esta vez, no es la misma. Y pasan varios días, y por las noches me sucede que ya con el libro cerrado, a la hora esa de la duermevela radical, en las que el insomnio y  el agotamiento libran su fragorosa batalla sobre las almohadas, la cabeza se me llena de frases:

- De Tramontana se me viene a la cabeza  el viejo marinero sin barco que vivía de portero de edificio, y quien tenía, dice el narrador, la generosidad involuntaria y la ternura áspera de los catalanes.     O, al cabo de dos días, teníamos la impresión de que aquel viento pavoroso no era un fenómeno telúrico, sino un agravio personal
O lo que más  me llamó la atención era que el tiempo seguía siendo de una belleza irrepetible, con un sol de oro y el cielo impávido".

Y recuerdo con una cierta nostalgia sin pudor a los adjetivos, tan venidos a menos, tan mal queridos en una época por escritores duros; por simples, por fáciles, por pequeño burgueses.   Y me digo, ¡Qué poca madre con los pobres adjetivos!  Lo que pasa, pienso, es que del mi casa es blanca, y el perro es lindo, el azúcar es dulce y el caballo es grande  de los resignados  profesores de primaria, debió correr mucho de cualquier cosa que hoy corra bajo los puentes para llegar a García Márquez y la reivindicación de la adjetivación.  Del adjetivo y de la construcción que adjetiva.  Si no, miren lo que pasa con María Dos Prazeres, puta vieja, retirada de las faenas del cuerpo, pero no de las lides de una dignidad edificante.  Valga recordar que María Dos Prazeres,  quien "a pesar de sus años y con sus bucles de alambre  seguía siendo una mulata esbelta y vivaz, de cabello duro y  ojos amarillos y encarnizados..."  había tenido la premonición de su muerte y estaba dedicada a preparar su partida.

"...estaba todavía en bata de baño y con la cabeza llena de rizadores, y apenas si tuvo tiempo de ponerse una rosa roja en la oreja para no parecer tan indeseable como se sentía.  Se lamentó aún más de su estado cuando abrió la puerta y vio que no era un notario lúgubre, como ella suponía que debían ser los comerciantes de la muerte, sino un joven tímido con una chaqueta a cuadros y una corbata con pájaros de colores.  No llevaba abrigo, a pesar de la primavera incierta de Barcelona, cuya llovizna de vientos sesgados la hacía casi siempre menos tolerable que el invierno".

Sobre su  casa
"El tenue resplandor de abril iluminó apenas el ámbito meticuloso de la sala que más bien parecía la vitrina de un anticuario".

"...el vendedor examinó la casa con una mirada consciente y lo estremeció el aliento mágico de su belleza"

"...había comprado el entresuelo en ruinas, siempre oloroso a arenques ahumados, cuyas paredes carcomidas por el salitre conservaban todavía los impactos de algún combate sin gloria"
I
Sobre su perro, el Noi:
"Abrió la puerta de la calle  y entró un perrito de aguas empapado por la llovizna y con un talante de perdulario que no tenía nada que ver con el resto de la casa"

Sobre el Conde de Cardona, su ocasional amante sobreviviente:
"...que  siguió  visitándola el último viernes de cada mes para cenar con ella y hacer un lánguido amor de sobremesa".

"... la encontró a su regreso más atractiva aún que en su sorprendente juventud de los cincuenta años"

"después de la cena, larga y bien conversada, hacían de memoria un amor sedentario que les dejaba a ambos un sedimento de desastre. Antes de irse, siempre azorado por la inminencia de la media noche, el conde dejaba  veinticinco pesetas debajo del cenicero del dormitorio.  Ese era el precio de maría dos Prazeres cuando él la conoció en un hotel de paso de Paralelo, y era lo único que el óxido del tiempo había dejado intacto."

"Ambos eran conscientes de tener tan pocas cosas en común que nunca se sentían más solos que cuando estaban juntos, pero ninguno de los dos se había atrevido a lastimar los encantos de la costumbre.  Necesitaron de una conmoción nacional para darse cuenta, ambos al mismo tiempo, de cuánto se habían odiado, y con cuánta ternura, durante tantos años."

"María dos Prazeres fijó en él sus ardientes ojos de cobra real, y vio sus pupilas sin pasión detrás de las antiparras de oro, los dientes de rapiña, las manos híbridas de animal acostumbrado a la humedad y las tinieblas.  Tal como era."

De su último encuentro:

"En el interior oloroso a medicina refrigerada, la lluvia se convirtió en un percance irreal, la ciudad cambió de color, y ella se sintió en un mundo ajeno y feliz donde todo estaba resuelto de antemano."


"Entró en el zaguán apenas iluminado por el resplandor oblicuo de la calle, y empezó a subir el primer tramo de la escalera con las rodillas trémulas, sofocada por un pavor que sólo hubiera creído posible en el momento de morir."



Para terminar, sin argumentos, porque me parece que no hacen falta, entremos en palabras mayores y, al azar, tomemos unos cuantos fragmentos definitivos, claro, de cien años de soledad.

"Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo."

"Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia."

"Era una noche densa, sin estrellas, pero la oscuridad estaba
impregnada por un aire nuevo y limpio. Agotados por la prolongada travesía, colgaron las hamacas y durmieron a fondo por primera vez en dos semanas.  Cuando despertaron, ya con el
sol alto, se quedaron pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme galeón español.
Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado bosque de flores."

"Una gitana de carnes espléndidas entró poco después acompañada de un hombre que no hacia parte de la farándula, pero que tampoco era de la aldea, y ambos empezaron a desvestirse frente a la cama. Sin proponérselo, la mujer miró a José Arcadio y examinó con una especie de fervor patético su magnifico animal en reposo.

-Muchacho -exclamó-, que Dios te la conserve.

La compañera de José Arcadio les pidió que los dejaran tranquilos, y la pareja se acostó en el suelo, muy cerca de la cama.  La pasión de los otros despertó la fiebre de José Arcadio. Al primer contacto, los huesos de la muchacha parecieron desarticularse con un crujido desordenado como el de un fichero de dominó, y su piel se deshizo en un sudor pálido y sus ojos se llenaron de lágrimas y todo su cuerpo exhaló un lamento lúgubre y un vago olor de lodo. Pero soportó el impacto con una firmeza de carácter y una valentía admirables. José Arcadio se sintió entonces levantado en vilo hacia un estado de inspiración seráfica, donde su corazón se desbarató en un manantial de obscenidades tiernas que le entraban a la muchacha por los oídos y le salían por la boca traducidas a su idioma. Era jueves. La noche del sábado José Arcadio se amarró un trapo rojo en la cabeza y se fue con los gitanos."

"Sentada en el mecedor de mimbre, con la labor interrumpida en el regazo, Amaranta contemplaba a Aureliano José con el mentón embadurnado de espuma, afilando la navaja barbera en la penca para afeitarse por primera vez. Se sangró las espinillas, se cortó el labio superior tratando de modelarse un bigote de pelusas rubias, y después de todo quedó igual que antes, pero el laborioso proceso le dejó a Amaranta la impresión de que en aquel instante había empezado a envejecer.
-Estás idéntico a Aureliano cuando tenía tu edad -dijo-. Ya eres un hombre.
Lo era desde hacía mucho tiempo, desde el día ya lejano en que Amaranta creyó que aún era un niño y siguió desnudándose en el baño delante de él, como lo había hecho siempre, como se acostumbró a hacerlo desde que Pilar Ternera se lo entregó para que acabara de criarlo. La primera vez que él la vio, lo único que le llamó la atención fue la profunda depresión entre los senos. Era entonces tan inocente que preguntó qué le había pasado, y Amaranta fingió excavarse el pecho con la punta de los dedos y contesté: «Me sacaron tajadas y tajadas y tajadas.» Tiempo después, cuando ella se restableció del suicidio de Pietro Crespi y volvió a bañarse con Aureliano José, éste ya no se fijó en la depresión, sino que experimentó un estremecimiento desconocido ante la visión de los senos espléndidos de pezones morados.

Siguió examinándola, descubriendo palmo a palmo el milagro de su intimidad, y sintió que su piel se erizaba en la contemplación, como se erizaba la piel de ella al contacto del agua. Desde muy niño tenía la costumbre de abandonar la hamaca para amanecer en la cama de Amaranta, cuyo contacto tenía la virtud de disipar el miedo a la oscuridad. Pero desde el día en que tuvo conciencia de su desnudez, no era el miedo a la oscuridad lo que lo impulsaba a meterse en su mosquitero, sino el anhelo de sentir la respiración tibia de Amaranta al amanecer. Una madrugada, por la época en que ella rechazó al coronel Gerineldo Márquez, Aureliano José despertó con la sensación de que le faltaba el aire. Sintió los dedos de Amaranta como unos gusanitos calientes y ansiosos que buscaban su vientre. Fingiendo dormir cambió de posición para eliminar toda dificultad, y entonces sintió la mano sin la venda negra buceando como un molusco ciego entre las algas de su ansiedad. Aunque aparentaron ignorar lo que ambos sabían, y lo que cada uno sabía que el otro sabía, desde aquella noche quedaron mancornados por una complicidad inviolable. Aureliano José no podía conciliar el sueño mientras no escuchaba el valse de las doce en el reloj de la sala, y la madura doncella cuya piel empezaba a entristecer no tenía un instante de sosiego mientras no sentía deslizarse en el mosquitero aquel sonámbulo que ella había criado, sin pensar que sería un paliativo para su soledad. Entonces no sólo durmieron juntos, desnudos, intercambiando caricias agotadoras, sino que se perseguían por los rincones de la casa y se encerraban en los dormitorios a cualquier hora, en un permanente estado de exaltación sin alivio. Estuvieron a punto de ser sorprendidos por Úrsula, una tarde en que entró al granero cuando ellos empezaban a besarse.
«¿Quieres mucho a tu tía?», le preguntó ella de un modo inocente a Aureliano José. Él contestó que sí. «Haces bien», concluyó Úrsula, y acabó de medir la harina para el pan y regresó a la cocina. Aquel episodio sacó a Amaranta del delirio. Se dio cuenta de que había llegado demasiado lejos, de que ya no estaba jugando a los besitos con un niño, sino chapaleando en una pasión otoñal, peligrosa y sin porvenir, y la cortó de un tajo. Aureliano José, que entonces terminaba su adiestramiento militar, acabó por admitir la realidad y se fue a dormir al cuartel. Los sábados iba con los soldados a la tienda de Catarino. Se consolaba de su abrupta soledad, de su adolescencia prematura, con mujeres olorosas a flores muertas que él idealizaba en las tinieblas y las convertía en Amaranta mediante ansiosos esfuerzos de imaginación."


"Apenas habían empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.
-¿Te sientes mal? -le preguntó.

Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.
-Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.

Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria."


"Aquella noche, durante la cena, Aureliano Triste le contó el episodio a la familia, y Úrsula lloró de consternación. «Dios santo -exclamó apretándose la cabeza con las manos-. ¡Todavía está viva!»
El tiempo, las guerras, los incontables desastres cotidianos la habían hecho olvidarse de Rebeca. La única que no había perdido un solo instante la conciencia de que estaba viva, pudriéndose en su sopa de larvas, era la implacable y envejecida Amaranta. Pensaba en ella al amanecer, cuando el hielo del corazón la despertaba en la cama solitaria, y pensaba en ella cuando se jabonaba los senos marchitos y el vientre macilento, y cuando se ponía los blancos pollerines y corpiños de holán de la vejez, y cuando se cambiaba en la mano la venda negra de la terrible expiación. Siempre, a toda hora dormida y despierta, en los instantes más sublimes y en los mas abyectos, Amaranta pensaba en Rebeca, porque la soledad le había seleccionado los recuerdos, y había incinerado los entorpecedores montones de basura nostálgica que la vida había acumulado en su corazón, y había purificado, magnificado y eternizado los otros, los más amargos. Por ella sabía Remedios la bella, de la existencia de Rebeca. Cada vez que pasaban por la casa decrépita le contaba un incidente ingrato una fábula de oprobio, tratando en esa forma de que su extenuante rencor fuera compartido por la sobrina, y por consiguiente prolongado más allá de la muerte, pero no consiguió sus propósitos porque Remedios era inmune a toda clase de sentimientos apasionados, y mucho más a los ajenos. Úrsula, en cambio, que había sufrido un proceso contrario al de Amaranta, evocó a Rebeca con un recuerdo limpio de impurezas, pues la
imagen de la criatura de lástima que llevaron a la casa con el talego de huesos de sus padres prevaleció sobre la ofensa que la hizo indigna de continuar vinculada al tronco familiar. Aureliano
Segundo resolvió que había que llevarla a la casa y protegerla pero su buen propósito fue frustrado por la inquebrantable intransigencia de Rebeca, que había necesitado muchos años de
sufrimiento y miseria para conquistar los privilegios de la soledad y no estaba dispuesta a renunciar a ellos a cambio de una vejez perturbada por los falsos encantos de la misericordia."





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