B I B L I O C A U S T O S



Los libros que hoy quemamos

 ​​​​​​​​​​​Roque Iturralde


Andaba por ahí fray Tomás intentando unificar la religión en Europa.  Descendiente de una familia de judíos conversos, fue este Tomasito el adalid de la Inquisición en lo que hoy es España, bajo la protección de los católicos reyes de Castilla y Aragón. 

Sobre los métodos de la inquisición todos hemos oído.  Promovió las acusaciones anónimas (entiéndase la delación), los interrogatorios mediante tortura y ejecuciones que, muy fácilmente, llegaban a la hoguera. 

Lo importante de la referencia a fray Tomasito, es lo que esto tiene que ver con la intención de imponer un pensamiento único, un solo dios verdadero, una sola religión verdadera.  Mi pensamiento, mi dios, mi religión.

Bajo el título INDEX LIBRORUM PROHIBITORUM, con una frecuencia más que recomendable, la iglesia ha publicado la lista de aquellos textos cuya lectura habría sido causa suficiente para la excomunión y, eventualmente, para el juicio tremendo de los santos inquisidores, sus creativos tormentos y sus ardientes modos de convencimiento.

Pero es justo decir que no solo la iglesia católica ha llevado a la hoguera aquellos textos que amenazaron con permitir a la gente pensar distinto; es famosa la quema de libros realizada por las juventudes nazis el 10 de  mayo de 1933, en operación que, orquestada en toda Europa de modo simultáneo y liderada, cómo no, por Joseph Goëbbels, acabó con cientos de miles de libros, empezando por las bibliotecas de 21 universidades alemanas.

Hace solo 10 años, la quema de la biblioteca de Bagdad sirvió de acompañamiento a la toma de la ciudad por parte del ejército americano y en época aún más reciente, el año 2011, la biblioteca de las ciencias en Egipto, vio arder más de 20.000 volúmenes que compilaban particularmente el conocimiento adquirido en el siglo XIX, en una alusión casual (¿o causal?) a la mítica creación, existencia y destrucción de la Biblioteca de Alejandría.

Paradoja singular, la UNESCO, por decisión de una de sus altas autoridades, ordenó quemar más de 100.000 libros en 2009, pues ocupaban mucho espacio en bodegas costosas y repartirlos resultaba más caro que quemarlos.

Algo tienen los pirómanos con los libros, está claro.  Parece ser que quemar un libro, aparte del morboso placer de ver cómo arde, se retuerce el papel y las letras se dejan engullir por las lenguas del fuego, tiene también la  gran recompensa de negar al otro la posibilidad de acceder a los saberes que los libros remueven o, al menos, la información que contienen. Provee también, al parecer, la sensación de poder y de triunfo que se consolida cuando se logra aplacar la opinión del otro.
 
Ya Umberto Eco construyó la magistral metáfora de El Nombre de la Rosa, novela policial que se desarrolla en torno a una laberíntica biblioteca medieval, custodiada por Jorge de Burgos, bibliotecario ciego, quien impide sistemáticamente el acceso al Finis Africae, sección en la que los libros más secretos están ocultos para siempre.  Ver cómo arde la biblioteca de la abadía de Sacra de san Michele y se lleva entre las llamas todo el conocimiento acumulado de la humanidad, sólo es una razón para llorar (de horror o de placer) en la lectura de la novela.
Renegamos de quemadores de libros, los abominamos, nos parece impensable que el conocimiento de la humanidad pueda catalogarse en el INDEX LIBRORUM PROHIBITORUM y, sin embargo, sin nos miramos bien a nosotros mismos somos, no solo cómplices de estos bibliocaustos, sino protagonistas de los mismos, pirómanos del conocimiento, quemadores de las libertades y de las opiniones.

Tengo una pequeña biblioteca en un cuartito del centro histórico.   Allá han ido a parar libros ya leídos y releídos, donaciones gentiles de amigos que han querido apoyar nuestros esfuerzos por difundir la lectura o han estado ansiosos por desprenderse de modo políticamente correcto de su incómoda basura de papel. 

Desde esa biblioteca, han salido cajas y cajas de libros para escuelas, cárceles, grupos distintos, con la extraña idea de que un libro les será útil.  Han salido incluso álgebras de Baldor a torturar estudiantes e informes obsoletos de organismos ya inexistentes, para convertirse en origamis a manos de presidiarios desesperados por combatir el aburrimiento. 

Hace unos días, alguien me pidió que le donara unos pocos libros.  Gustoso  fui hasta mi sitio en el centro y me puse a elegir algunos.  Al hacerlo, me sorprendí en plan Torquemada;  separando libros cuyo contenido sospecho poco recomendable, por el solo hecho de haber pertenecido a bibliotecas de gente que sé conservadora o muy religiosa.  Por la sospecha de que sus contenidos podrían convencer a nuevos lectores de la bondad de sus causas, distintas de las mías, a veces contrarias.  Porque venían de una biblioteca del opus dei.  Porque eran de autoayuda.  Porque eran de "autores light". Porque, en resumen, no decían lo que yo diría sobre los temas que tocaban. 

Me sorprendí entonces, en calidad de censor.  Poniendo en una caja distinta, cada vez más grande, aquellos libros que pasaron a formar parte de mi particular INDEX PROHIBITORUM. 
Me pregunto; ¿qué derecho tenemos de catalogar los libros?  ¿Es que no confiamos en que los lectores tendrán el criterio para sacar sus propias conclusiones? ¿Es que tenemos miedo de perder algo? ¿Poder tal vez? ¿Adeptos? ¿Pares?

Somos, en resumen, la inquisición que criticamos. Goëbbels de nuestro tiempo.  Porque por un instante tenemos en nuestras manos un libro, un libro que alguien quiere, y nosotros podemos decidir si tiene derecho a leerlo, o no.

Parece ser que para la humanidad, lo más difícil de manejar ha sido aquello que más valor le da: su enorme diversidad, la capacidad de disentir y consensuar, el libre albedrío, la libertad de pensamiento.  Probablemente en la edad de las cavernas, la necesidad de igualar los criterios se resolvía con un piedrazo en la cabeza o con un garrotazo.  Fray Tomás de Torquemada, mucho más sofisticado, conoció el potro de las torturas, el cepo y otras delicias de su parque de diversiones; Goëbels comprendió el poder de la comunicación de masas y, por si fallaba, la invaluable voracidad de un fósforo y un galón de gasolina.  Los gringos sabían que junto a los tanques de guerra, libertadores de pueblos que no pidieron su auxilio, siempre se podía colar una horda de vándalos pirómanos fanáticos. Incluso en la Unesco, el poder de las gerencias financieras conoció el gran valor que tiene la amenaza de un balance en rojo.

Pero ahora que somos totalmente civilizados, racionales, inteligentes, democráticos; hacemos todo con leyes. Buscamos que la igualdad sea el resultado de una o varias leyes.  Que nos prohíban ser racistas, que nos prohíban pensar distinto, que nos prohíban ser ricos, que nos obliguen a ser chéveres, que nos obligan a la libertad de pensamiento pero nos prohíben el rito de los toros,  que determinan la obligación de que aceptemos que hay homosexuales, pero  no les permitan casarse, como nosotros los normales, los buenos”… esta igualdad que no es equidad, sino uniformidad post moderna, que no considera la cultura, que se parece tanto a la premonición del mundo robotizado de George Orwell,  que elimina las escuelas interculturales bilingües e impone textos diseñados por el Senplades a los niños de los páramos o de las fincas costeñas. Todo con leyes, claro, con planes escritos en marcos lógicos que permiten solo tres verbos para expresar los objetivos estratégicos dentro del plan del buen vivir al que, por ley, todos debemos acceder.

¿Cómo haremos nosotros que nos declaramos libres, fraternos e iguales para ser auténticamente distintos?, ¿Qué libro quemaremos hoy?  ¿¿La biblia? ¿El Corán? ¿El kama-sutra?  ¿O dejaremos que los aprendices los lean no más, pobrecitos,  se confundan solitos, saquen sus propias conclusiones? 

Esta es mi palabra, antes de que alguien elija quemarla o deba, por efecto de una ley, retractarme.

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