JEAN-VENTARIO



No sé si, como dice el poeta del fútbol, todos tenemos un esqueleto en el armario.  No  lo sé.  Pero creo no equivocarme si aseguro que todo tenemos un jean en nuestro armario.  Nada raro.  Eventualmente más de uno.

 

La pregunta es, ¿qué tipo de jean es el que cuelga quieto de un armador esperando el día de ser usado? 

 

 

El Jean del Viernes.

 

Es viernes; el jefe en la oficina, se permite venir con jean por la tarde.  Se siente informal y relajado.  Tiene  planes de parecer buena gente, saluda y se despide de sus empleados con una palmadita en el hombro.  En general, el jean le queda un poco mal, aunque es de marca.  Talvez demasiado alto en la cintura.  Quizá el cinturón demasiado clásico para un jean tan moderno.

 

El subgerente ya llega con jean desde la mañana.  Trabaja con la persiana abierta, deja que el sol inunde su escritorio y despacha el montón de papeles que ha retrasado durante la semana y que no le dejarían dormir tranquilo el fin de semana.  Decide almorzar cebiche. Algo en su peinado, o en su mirada hace que se vea más fresco.  

 

En todo caso a nadie, en la oficina, le queda duda de que los jefes son seres humanos, aunque solo sea el viernes.

 

El Jean de Untarse

 

Un volkswagen golf, rojo, con el radio a full, rock o raege, se estaciona junto a la acera del edificio aniñado.  El debe retirarse ligeramente sus gafas para ver con claridad la pantalla de su celular y enviar un mensaje escrito.  En el pent house, ella lucha por entrar en su jean.  De marca, por supuesto.  Sus bellas piernas van quedando forradas de esa tela gruesa y desteñida, la cintura del jean queda atorada en las caderas de la niña.  Ella hace todo lo posible, conoce el truco, se tira al piso, echada boca arriba, chupa el estómago como el más experto de los faquires, apoyada sobre sus pies levanta la cadera, arquea la columna, queda convertida en puente, tira con las manos de la pretinta del jean que finalmente llega a su posición final acariciando delicadamente sus curvas.  Ahora asienta otra vez la cadera en el piso, en un nuevo esfuerzo aguanta la respiración, comprime el vientre, logra subirse el cierre.  Cerrar el botón es un milagro más.  Se levanta, a toda velocidad, se arregla el pelo con las manos y corre al ascensor.  Al llegar al auto, él quien estaba un poquito aburrido de esperar, la mira y se siente orgulloso; ella, acaricia como al descuido el bolsillo de su jean, la marca, se siente super-sexy.

 

El Jean chiveado

 

Pasa por la oficina una señora que dice traer ropa, cacharro dice ella, desde Miami una vez por mes.  Ofrece maravillas de temporada.  Ropa de primera, ropa de moda, ropa de marca.  Pati, mi secretaria, se aficiona de unos jeans.  Los mira, los remira, se imagina metida en ellos.  Son genuinos, gloria vanderbilt, le explica la vendedora, para fortalecer su argumento le muestra la marca en las etiquetas, muchas, se la muestra también en el botón.  No hay duda.  Paty pierde la cabeza, se lo lleva al baño, se lo prueba.  Las chicas le dicen que sí, que ese le queda al pelo.  Los varones comentan entre ellos con alguna picardía.  Paty negocia.  Son solo seis pagos.  Me da cheques, mijita.  Paty se los lleva. Espera el día de lucirlos. Está feliz.

 

Conozco casualmente a un fulano, mientras conversamos para matar el tiempo en la espera del consultorio de nuestro médico común, me entero que tiene una pequeña fábrica textil.  Hace etiquetas bordadas, buen negocio.  Tu me dices la marca, yo tengo los logos.  Christian Dior, Carolina Herrera, Hugo Boss, Gloria Vanderbilt, Levis…lo que quieras, rapidito te las hago.

 

Paty llega desmoralizada a la oficina.  Su Jean se descosió.  La tela tiene una falla le explica la composturera, le voy a hacer doble pespunte para que no se vuelva a soltar, vea si está cosido con babas, le dice.  Carajo, dice la Paty, ni más le compro a esta vieja, me trajo un jean chiveado.

 

El Jean Ideológico

 

Plaza de las Américas.  Seis y media de la tarde.  Un grupo de yupies toman un coctail vegetariano en Carrots, el sitio más light del planeta.  Jugo de Arazá con parfait armour y vodka absolut.  Ríen a carcajadas, se hacen bromas mientras contestan sus celulares.  Sus  auténticos Levis gritan toda la cocacola del mundo, son comprados en new york, o en Miami.  En fifth avenue.  Los eligieron porque representan el imperio, el american dream, el objetivo, el camino a seguir.

 

Plaza de las Américas. Seis y media de la tarde.  Un grupo de antropólogos sentados en la grada espera la entrada al cine, película inteligente, sean penn, mistic river.  Conversan sobre el premio de novela Alfaguara.  Dos de ellos detestan el código da vinci por light, por comercial.  Sus auténticos levis nos dicen a gritos que están contra el stablishment.  Pantalón de obrero.  Jamás una corbata, qué va!

 

Yupies y Antropólogos se cruzan, saludan con una mezcla de extrañeza, cortesía y asco.  ¡Estos peludos! ¡estos aniñados!

El jean de la victoria

 

Corro la puerta de mi armario y lo veo.  Allí está, ese jean que hace uno par de años me quedaba super bien y que demasiado pronto, gracias a unas libras demás, se quedó nuevo, colgado a la espera de una nueva oportunidad.  Me miro la panza, compruebo que estoy solo en casa, lo descuelgo, descuelgo con él un sinfín de recuerdos también.  Me doy cuenta de que me han salido un par de canas.  Me pruebo el jean.  No, es inútil, no me entra.  Lo vuelvo a colgar con cuidado y me propongo; debo bajar de peso, hacer un poco de ejercicio.

 

Durante un mes o dos, voy al gimnasio con regularidad.  Dieta reducida en calorías.  Nada de chancho.  Tragos, cero.  ¡Qué sano soy!  Voley con los amigos antropólogos los sábados, golf con los amigos yuppies los viernes y domingos.  Un poco de tai chi frente canal infinito, muchos vasos de agua.  Conversaciones light.

 

Vuelvo frente al closet.  Miro el pantalón.  Lo bajo. Me lo pruebo. ¡Eureka! Me queda otra vez.  Frente al espejo compruebo que puedo ser otra vez el guapo cuarentón que fui.  Me pongo el Jean. Voy a la peluquería.  Me trato bien.  Invito unos amigos a la casa, qué tal un asado, reunidos antropólogos y yuppies, total.   Pasamos lindo, todos preguntan si estoy más delgado, las amigas comentan cómo sienta de bien ese nuevo look. Comemos, parrillada, choripán, choclos con queso, papas con cáscara, helado de mora y de naranjilla, también de guanábana.  Cervezas para todos.  Ron con coccala por la tarde.  Guitarra, café sostenido, recalentado por la noche.  Un par de bajativos, chinchón, baileys.  

 

Intento el domingo ponerme otra vez el jean.  Imposible.  Acepto. Los años pasan.  Me descubro otras dos canas.  La pelota de voley se ve odiosa desde este chuchaqui.  Doblo mi jean y lo pongo en una funda, a alguien le servirá, si está nuevito.

 

Y cuántos más…  El jean de rejuvenecer que se ponen los abuelos para cuidar de su jardín.  El jean de darse de mucho, que usan los hacendados para montar en sus alazanes.  El viejo jean de pintar la casa, lleno de huecos y con manchas indelebles.  De uno o de otro, parece ser que todos tenemos un jean en algún rincón del alma; ojo, a usarlo, no vaya a ser que se lo empiece a poner el esqueleto que todos, según dice bonafont, guardamos en el armario.

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