Carta de Agnis



¿Y todavía piensas que nuestro amor se ha enfriado?

Ahora, mientras miro aburrido la chimenea, el tizón que salta me recuerda el brillo inaugural de tus ojos sepia.  Era así, como una chispa violenta y ardiente que saltara en la oscuridad intensa de tus ojeras, nuestro amor que ardía, que arderá por siempre.

Pero no estoy aquí ni para contradecirte, ni para justificarme; solo diré que te amé con la misma violencia desde el primer día y que estuve permanentemente dispuesto a atizar la flama para evitar que se apagara.  La cuidé en silencio las horas que dormías; la avivé con energía en los días que estabas lúcida, la conservé con dolorosa resignación en tus ausencias, en esos viajes interminables a los que alguna desconocida falla en tu cabeza te llevaba de pronto, sin aviso y sin anuncio de retorno.

Por eso, amor, cuando volvías; cuando bajabas otra vez a la tierra y en los ojos se te adivinaba una vez más una temporada de placidez, me encontrabas listo, esperándote, con la chimenea encendida para calentar tu retorno y para acompañar esa chispa de ilusión que siempre se encendía en aquel exacto lugar en que nuestras miradas se cruzaban.  La conciencia de esa chispa, es lo que me hacía imposible de aceptar la frase que dijiste, ya entre las nubes, cuando volviste a partir:  “nuestro amor se enfría”, dijiste y te perdiste una vez más.

Lo que pasó, recién ahora lo comprendo, es que mientras más frecuentes y más largas se hacían tus ausencias; más te esperaba y, como cada vez regresabas temblando de frío, yo preparaba tu recibimiento con entusiasmo primero, con patológica devoción después, luego obsesivamente. Encendía la chimenea con cargas cada vez más abultadas de leña, había adquirido progresivamente más y más estufas que mantenía encendidas a fuer de alimentarles de kerosene; se había vuelto infinita la colección de cirios que mantenía ardiendo a costa de haber dejado mi trabajo, para dedicarme a la eterna tarea de reemplazarlos y encenderlos.  En los escasos minutos que me quedaban libres, había cultivado la costumbre de coleccionar toda clase de artefactos relacionados con el fuego: braseros, encendedores, cajitas de fósforos,  sopletes, antorchas antiguas, faroles, teas de la más diversa procedencia, artilugios de pirotecnia.  No era una colección, como esas que hacen los aficionados a las antigüedades, de objetos inservibles cuyo único valor radica aspecto, no; este era un verdadero arsenal que mantenía operativo, y que diariamente ponía en funcionamiento con prolijidad de restaurador.  

Es por eso, amor que cuando llegaste de vuelta la última vez,  te recibí con todos los fuegos encendidos, te tomé de la mano y al empujarte para siempre en ese santuario que había creado para ti, comprendí que ya nunca más te parecería que nuestro amor se ha enfriado.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Basta amar a Marta para abrazar la fama

¡Tengo una idea!

De otra constelación 'elemental'