Identidad con yapa
Por Roque Iturralde
Amanece, el aire progresivamente se llena del ruido que puebla esa penumbra de los amaneceres equinocciales. Una mujer en tono enormemente dulce, canta en su lengua nativa un “Pilis Aspi”/ el “Apabata Pabata”/ un “Chine Chine mijita”/ el “Ay guaguita” mientras envuelve al guagua y lo carga a la espalda, mientras se viste de anaco, fachalina, bayeta, mullos; se peina y hace la trenza, prepara el cucayo, mece al niño en la hamaca y sale hacia allá, hacia el mundo.
Por otro lado, sin saber bien dónde se origina, se oye muy lejano un intenso ruido de cachivaches y el silbido de un tema musical indefinidamente ecuatoriano.
En un vehículo sui géneris, como si fuera una carreta, como si fuera una camioneta; un personaje de edad indefinida llega hasta la plaza del pueblo. Es el mercachifle que se acerca por los caminos. En su vieja barba se enredan palabras centenarias que pugnan por ser dichas.
Estaciona su vehículo en un lugar principal de la escena y se dispone a sacar cosas de su vehículo, a colgar productos, a armar la exhibición.
Mientras arma su exhibición, con un ruido que poco a poco se vuelve una evidente avalancha, un terremoto, una estampida, un tropel ocupa la plaza de tierra apisonada y arma el mercado como si fuera un equipo de asistentes de escenógrafo que llega con palos, lonas, martillos, canastos, cajas desvencijadas. Él mercachifle sólo los mira con cierta frialdad y sigue ocupado en lo suyo.
En un desorden muy armónico que parecería diseñado por un coreógrafo, las caseras y sus ayudas aparecen en una actividad frenética: de una manera aparentemente casual, aparecen sosteniendo una escalera, trepados sobre alguien colgando un toldo, colocando un canasto en su lugar o encendiendo el carbón en el brasero.
En medio de esta escena el mercachifle adquiere vida una vez liberado de toda la euforia de la multitud. Con agresiva soltura ataca su megáfono mientras ofrece una serie de artículos extraños, mágicos, absurdos. Su voz suena como un canto, un alza o un amorfino muy enérgico; al ritmo de su charla realiza una serie de desplazamientos en su espacio, en tanto se acerca a cada lugar donde hay gente a ofrecer sus mercancías.
Como en una zarzuela, en los silencios del mercachifle, el mercado parece cantar a coro sus verduras, sus frutas, sus productos.
El mercachifle se mete con el público, parece que entre sus botones-medias nylon-hojas de afeitar-chicleschocolatescarameloschocolatines- fuera a sacar instrumentos que derivarán en una especie de agresión festiva. Mangueras que riegan al mercado de luz; pistolas que disparan al aire serpentinas, vapor de colores y aromas florales; confeti vegetal-lluvia de estrellas. En la coda de su euforia, enciende un pequeño castillo pirotécnico que genera una enorme cantidad de humo y luces de colores acompañados de un solo de explosiones que suena a percusión latina.
No te extrañes que en medio de la nube de humo, el mercachifle desaparezca ante tus ojos.
Seguramente se transportó, por arte de birlibirloque, a una empalizada sui géneris que parece sostenerse por el poder magnético de la música de una banda de vientos típica de nuestros pueblos mestizos de la Sierra que interpreta un pasacalle, un albacito, una tonada.
Como construida en cartón y pintada en Tigua, la imagen de una corrida de toros de pueblo.
En el corral, el tira y afloja con el toro lazado que de pronto se suelta embistiendo. Todos corren al centro de la escena. Aparece el sol en el palco de la reina. Con el toro suelto, se da pie a una nueva danza. Danza de borrachos y de valientes. De impertinentes machos de ocasión y toreros con más hambre que huesos y carnes. De gritos y risas. De viejas escandalizadas y vecinos que orinan contra los palos del tablado. Seguramente un par de gringos toma fotos. Una niña por allí desmaya sus ansiedades al ver salir de escena a su galán de modo estrepitoso.
Como corresponde, la corrida tendrá un muerto que será sacado a rastras, al mismo tiempo que el toro será nuevamente enlazado y sacado de la escena a tirones, se irá a otra fiesta, a otros cachullapis, a otras cervezas. La luz del sol se irá junto al grupo que juguetea con el toro jaloneándolo fuera de la plaza. Sin embargo, caras de espanto, de sorpresa, de carcajada, quedarán grabadas para siempre en ese tendido de palos, de toldos y de fantasías.
El mercachifle encuentra en el piso el sombrero del muerto, lo toma, lo mira, se pone, se saca, de pronto lo lanza al público que ya no está, riéndose a carcajadas sale una vez más de nuestra vista.
Mientras tanto, en el mercado, es febril la preparación y oferta de comidas. Alguien, talvez una pareja, se acerca a los distintos puestos; mientras ella consulta y averigua con las caseras, quienes, con conveniente cordialidad, le dan a probar las cosas, él fotografía todo; los platos, la doña, su pareja probando la comida. Lo que él fotografía parece proyectarse en la pantalla azul del cielo. Las doñas con sus delantales ofrecen chancho, mote, cuero, morocho, rosero, tripa, caldo de manguera, churos, ostiones… el sonido propio del mercado es como el soundtrack de una película que nos lleva en volandas hasta el sitio donde ellos se quedan a comer. Eligieron pescado.
El cielo se da la vuelta y se convierte en mar. Las nubes, en la espuma blanca de las olas. Es una alucinación, palos y toldos del mercado se transformaron en mástiles y velas de barcos artesanos. Los vendedores del mercado se tornaron pescadores. Las canastas, redes. Suena en la memoria un galope montubio, una mona caderona baila con su galán.
Sin advertencia previa, anochece. En una esquina un grupo de negros arranca a tocar marimba y a bailar. Marimba y tambor, las negras arman la fiesta; la música se inicia con un andarelle, continúa con una canoita que no se detiene, que se pierde en la noche, que se convierte en el sonar de tres o cuatro notas elementales y obstinadas. Mientras se apaga la música a lo lejos, ella cierra sus ojos y se duerme por un instante en el hombro de su pareja.
Sueña que vuela, como un pájaro, por los paisajes de la Sierra, los pueblitos, sus calles angostas y quebradas, su gente muerta del frío. Sus viejas construcciones coloniales, la arquitectura de sus iglesias, siempre demasiado grandes. En el sueño, se intercalan estas imágenes con otras encontradas tantas veces en los cuadros de esos copiadores de sueños, obras de EndaraGuayasaminKingmanViteriVasquezAlmeidaMenafrancoPintoSalasCuantosotros que han cometido retrato de estos sitios. Se mezclan en el sueño el tambor y la marimba con la música de tambor y pingullo que acompaña a los danzantes de la provincia del Cotopaxi, extrañada-fascinada, se despierta con el ritmo de una churana in corpus, música del danzante de la puesta del plumaje, en Pujilí.
En una fiesta popular tres danzantes que, casi sobre su propio terreno, machacan los compases tras las caretas y los trajes ampulosos. Él los fotografía “descomponiéndolos” en detalles. Pedrerías, espejos, monedas, chaquiras, estampas religiosas. Grandes paños, grandes obispos con sus casullas festivas, mágicas, terriblemente intemporales, maravillosamente eternas.
Son tres danzantes. Durante un tiempo su baile parece machacar algún recuerdo. ¿Del pasado? ¿Del futuro? Talvez sí, porque mientras bailan, el sol se refleja en los espejos de su tocado y penetra en largos rayos la neblina que ha empezado a elevarse desde la quebrada. El efecto de los espejos disparando rayos que penetran la neblina es alucinante. La gente que los mira bailar empieza a sentirse disparada de luz. Ya la escena es mucho más que un páramo o un camino vecinal. Más luz reflejada y descompuesta en el prisma y espejo de sus vestiduras rituales, atraviesa cada vez más niebla y atrapa cada vez más a quien los mira.
Es una especie de invasión. Un longo chiquitito se acerca a la mamá y le muestra el muñeco que tiene entre sus manos. Es un transformer. Un power ranger. Es Yu-gi-oh. Le hace notar cómo se parece su muñeco a ese danzante. Un guambra distraído en su Volkswagen golf, pasa con sus amigos haciendo cháchara. Suena a todo volumen la música de Starwars.
Entonces de pronto, ante la mirada serena pero atónita de todos, un platillo volador cruza por el fondo de estrellas tras la escuadra de danzantes. Todos lo ven y saben, que una vez más, empezó la fiesta de corpus.
Al final, un solo rayo intermitente rompe en contraluz la negrura de la noche y de la niebla.
A grito pelado, el mercachifle ofrece hierbas mágicas que lo curan todo escapularios, medallitas. Lo hace en distintos idiomas. Ofrece Taraxaco, en alemán; chuquiragua y caballo chupa en tza fi quí; tilo, en sánscrito. Lleva consigo además instrumentos de percusión /matracas, pitos, quijada de burro que hace sonar con energía. Es como un hombre orquesta que ejecutara una suerte de música concreta. Saca de su mochila su cañón del tiempo y el espacio y dispara a todo cielo las imágenes grabadas desde los ojos de un águila. Es un vuelo de ayahuasca. Una frenética vista aérea de la amazonía y luego una toma subjetiva de la cámara recorriendo la selva, “abriendo trocha” diríamos, con varios “flash back” que dejan ver ríos, caseríos orientales, la gente del oriente, cruces, rosarios, curas, confesionarios, médicos, jeringuillas, medicinas, el sol, la luna, la serpiente, los petroglifos.
Suena en las manos del mercachifle, una especie de música onomatopéyica en la que se reproducen los sonidos misteriosos de esa selva mágica y extraña que todos conocemos en nuestra imaginación.
De pronto, al salir a un claro del bosque, un hombre de pie, semidesnudo, tiene un hombre acostado a sus pies. Tiene la cara pintada, está evidentemente en trance y al vernos profiere un fuerte ruido (un rugido) que no altera la serena placidez en que, a su espalda, cruzan guacamayos. Los monos se cuelgan de los bejucos. Pasa una canoa en la que rema un solo hombre.
El Shamán ejecuta un rito, una limpia. Un canto ceremonial muy dramático, un canto ritual, un canto shamánico, repite: Illi Huaylla Illi Huaylla Illi Huaylla Illi Huaylla.
El paciente se levanta en una danza muy enérgica que termina en un agotamiento extático de ambos.
Un grito del mercachifle nos despierta de este vuelo alucinado.
Parado en la boca del puesto de hierbas, nos cuenta:
- En el centro del mundo-dice- hay un espejo; en él encuentran algún rastro de su reflejo las culturas del mundo; otras dejan en el azogue su huella grabada para siempre. Este espejo tiene la particularidad de devolver siempre algo más de la imagen que uno busca en su reflejo.
Ecuador es un pequeño país con una gran diversidad cultural, étnica, biológica, geográfica, física. Su cultura nacional hoy, es el producto heterogéneo de una fundición singular en la que se cruzan, sin límites precisos, rasgos de una historia milenaria de aborígenes americanos y su cosmovisión mágica, con elementos convocados a nuestras tierras por una primera colonización española y luego por una segunda colonización continua; la de una globalidad floreciente que contacta con un pueblo que forja día a día, sin sentirlo, su identidad.
Hoy, el Ecuador es una fusión cuya principal característica es la diversidad. Es el Ecuador un país mega-diverso. En su reducido territorio nacional no solo cohabitan pueblos indios, negros, mestizos y blancos que hablan unas 14 lenguas diferentes; el país es poseedor de una de las más impresionantes concentraciones de especies vegetales y animales. En cuatro regiones naturales la experiencia Ecuador incluye, junto a una gran variedad de ecosistemas; páramos andinos, nevados impresionantes, bosque nublado, bosque seco, humedales, selva amazónica, litoral pacífico y las islas Galápagos, testimonio de la evolución de las especies y tesoro universal de la vida marina.
En un solo día se suceden las cuatro estaciones, en solo 30 minutos de vuelo se puede pasar del altiplano andino a la selva amazónica o a las playas del pacífico. No es raro encontrar en una misma cuadra, testimonios de los reinos indios preincáicos, templos barrocos construidos por artífices nativos, edificios corporativos o planes de vivienda suspendidos por hallazgos arqueológicos de tiempos aún indefinidos.
Pero una de las características más impresionantes de Ecuador es la disposición de la gente a dar al visitante siempre algo más de lo que éste espera. A esta costumbre de premiar al otro con algo extra, se llama dar YAPA. La yapa es, más que un gancho comercial, un gesto de afecto, una forma de decir bienvenido.
Así, en nuestro país, producto y símbolo de un sincretismo particular, todo tiene yapa. Si se viene por paisajes, si se busca folklor, si se persigue diversidad biológica o étnica, artesanías, música, cultura; si se llega al Ecuador por la vía correcta, se recibe siempre más de lo esperado; se recibe el Ecuador con YAPA.
La YAPA, es la forma única de vivir un descubrimiento que siempre va más allá de lo que esperamos.-
Entonces, de la nada saca una guitarra. Suenan unos pocos acordes de una sevillana que, en el mercado, un grupo de cholas la bailan con especialísima gracia. Ahora saca un trombón y toca unos pocos compases de un blues, que el grupo de negros choteros lo canta. Sigue el juego, hace los gestos de tocar en un acordeón un pasodoble muy saleroso. Un grupo de jóvenes reproducen un pedazo de los toros de pueblo. Ahora hace los gestos de dirigir una orquesta, suenan unos compases de un más que típico valse de Strauss que los montubios lo bailan. Este juego progresivamente se convierte en un diálogo en el que el mercado entra cada vez más; él canta por soleares, le contesta el shaman; canta un tema francés, el mercado le contesta a coro un trozo de un valsecito de JJ. Prueba con un tema tirolés. Un grupo de chicos le contesta con un raeggetón.
Se armó el baile en el mercado. Salió el trago. Ya hay por aquí y por allí unos cuantos amigos abrazados, una longa atrapada entre la pared y el longo de la bicicleta, un par de carteristas anónimos, el cura del pueblo comprando cebollas…
Mientras tanto el mercachifle ha armado o desarmado su vehículo y sale del mercado.
En unos instantes más, el mercachifle vuelve a entrar, corriendo; el vehículo lleva una vela como la de una carabela con el escudo de los reyes católicos. Se detiene en media plaza, saca un megáfono y grita: “Quedáis todos conquistados” .
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