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L A C U L P A D E L O S A B R A Z O S

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--> --> A propósito del lanzamiento de la novela CULPA, de Alfonso Crespo Conozco a Alfonso Crespo más años de los que conviene mencionar, dadas nuestras ya avanzadas edades.   Corrimos los patios de la misma escuela (con años de diferencia, claro). Sin saberlo paseamos los mismos barrios de chicos, coincidimos en una infinidad de afanes, de juegos, de proyectos y de trabajos ya en la edad adulta.    Cultivamos, cuidadosamente, una amistad que estaba a medio crecer y un momento decidimos ser hermanos y como tales actuar y vivir.    Desde entonces, cada vez que nos vemos, nos saludamos y nos despedimos con tres abrazos. Disfruto de la proximidad de Alfonso por muchas razones; por la calidez de su trato personal, por la generosa manera de compartir su vida familiar con nosotros, por la radical seriedad de sus opiniones, muchas veces distintas de las mías pero, sobre todo, por la honestidad de sus abrazos.   Y...

¡Tengo una idea!

¡TENGO UNA IDEA!  Publicado por  Edupasión  en  La Voz de Edupasión  el 20/06/2019  en la página www.edupasión.ec Roque Iturralde – Para Edupasión Suele suceder con cierta frecuencia.  Si estamos atentos (con los oídos observadores digamos) mientras nuestros niños juegan, el rato menos pensado alguno dice a los demás: ¡tengo una idea!    Ahí arranca una nueva etapa del juego; el que tiene la idea, la cuenta con entusiasmo, propone a los demás asumir roles, actuar, imaginar, soñar, recrear el mundo. El juego solo termina cuando se agota el argumento, o cuando otro de los jugadores tiene otra idea que les seduce más.  Y así, pobres de nosotros, parecería ser que esas niñas y esos pequeños se apropiaron de todas las ideas, su creatividad no tiene fin, mientras nosotros seguimos pasmados, sin saber qué hacer ante tanto ingenio.   Y nos preguntamos (¿nos preguntamos?) si nosotros éramos así. ...

La paradoja del desespejador espejado

Roque Iturralde Aprendí en el camino el oficio de desespejador, lo hice seguramente durante un viaje de esos en los que nadie sabe si la cometa arrastra al cordel, o el ovillo gobierna ese vuelo de papel, sigse y asombro. Me hice desespejador porque me dolía ver que la gente, al mirarse en los espejos, jamás estaba conforme. Unos se veían gordos, otros viejos, otros tristes, otros grandes, otros simplemente extraños. Entonces fue que elegí mi carrera de desespejador: oficio que consiste en lograr, mediante una mezcla que aún guardo en secreto, que el azogue aplicado a los cristales fuera siempre capaz de devolver a quien se mirara en ellos una felicidad radiante; una imagen reparadora, una ilusión plausible. Para ello era clave el proceso de deconstrucción del azogue y, por tanto, de la imagen. Cada vez que construí y terminé un desespejo me miré en él largamente, y solo cuando estuve totalmente seguro de que jamás devolvería una imagen dolorosa, entonces se lo llevé a su...