El dedo en La Mancha. La Mancha en el dedo


Por Roque Iturralde

En la bóveda de la capilla Sixtina, Michelángelo Buonarrotti pinta el cuadro de la creación. Luego de haber armado el complejísimo tinglado de la vida en el universo entero, justo allí donde no había luz tan solo siete días antes, dios acerca su dedo poderoso y divino, para casi tocar el dedo de su más reciente, novedosa y compleja creación: Adán. El hombre. El Ser Humano. A su imagen y semejanza.

Con este gesto del dedo, dios no solamente infunde vida a Adán, sino que le acerca un atisbo de divinidad y le deja asomarse a un resquicio que le autorizará, le obligará en el futuro infinito, a creerse por momentos tan dios como dios, escribir sus nombres y apellidos con mayúscula, soñar que puede dominar el mundo y sus criaturas.

Sobre un fondo amarillo, la portada del libro CAÍN, del portugués universal José Saramago, muestra un detalle de la mano y el dedo de dios, pero esta vez señalando sin tocarla una mancha negra, vagamente precisa, irregularmente exacta.

En la contraportada se lee: “Qué diablos de dios es este, que para enaltecer a Abel, desprecia a Caín”.
No les contaré los detalles del libro, puesto que les usurparía el placer de su descubrimiento por el contacto directo con su lectura. Sólo les diré que en una reinterpretación, personal y por tanto arbitraria, del antiguo testamente, Saramago hace un recorrido alucinante por la vida de Caín, su maldición de asesino, su incapacidad de morir, su mancha en la frente.

Saramago encuentra en las ardientes arenas de las desérticas tierras que rodean la soledad de Caín, el recurso o licencia de la teletransportación. Caín, tras ser descubierto y sancionado por dios por el simple expediente de haber matado a su hermano favorito, recorre errante no solo las distancias de arena que le separan de las historias que luego atestiguará, sino además los años y los siglos como una carretera de ida y vuelta que lo conecta ahora con Sodoma y Gomorra, ahora con Abraham a punto de matar a su hijo, ahora con el becerro de oro siendo adorado a los pies del monte Sinaí, o con la reina Lilith y su sexualidad brutal, ahora con la torre de babel y su academia de lenguas inexplicables, ahora con un gran barco, un gran aguacero y una gran familia de la que no quedará rastro alguno, como signo y como venganza de un Caín que redime el pecado de su existencia, en la resistencia a aceptar a un dios violento e injusto, un dios que prefiere la carne humeante de un cordero antes que el fruto vegetal de un huerto, o el pan de trigo de un simple sembrador de campos.

Caín pasará en un instante de un plano en el tiempo y el espacio a otro muy distinto. Siempre llegará a un episodio bíblico emblemático, siempre se encontrará enfrentado a la brutalidad de dios, o al menos a la brutalidad de la historia que lo cuenta y lo consagra; verá la matanza de niños inocentes en Sodoma, por la intolerancia frente al homosexualismo. Sostendrá la mano de un padre obsesionado y ciego de fe a punto de matar a su hijo. Matará personalmente a todos los hombres y mujeres que amenazaban con sobrevivir en el arca de Noé, como una forma de evitar la supervivencia de una especie que no era como Abel. Pero sobre todo se encontrará, en su eterno éxodo, varias veces con dios y discutirá con él, reclamará, cuestionará su crueldad, pondrá en duda sus intenciones, acusará.
Les decía que no les contaré el libro. Les contaré, eso sí, lo que me pasó entre sus páginas y lo hago porque no ha dejado de sorprenderme la cantidad de cosas que puede revolvernos una lectura.

Habrá quien considere, sin duda y con justificado acierto, que el libro de Saramago es un libro que más allá de irreverente resulta blasfemo. Habrá quien se rasgue las vestiduras y pida el cadalso o el infierno para el autor. Habrá quien simplemente argumente que no es más que una novela, un ejercicio de imaginación ejecutado con la maestría de un premio Nobel.

No dejo de sentirme agradablemente incómodo con el libro de Saramago.

Agradado porque sin lugar a dudas su pluma es poderosa y es capaz de llevarnos a volar en su lenguaje perfecto, inteligente, intenso, absurdo, de una manera magistral. Sin duda, la lectura de Caín es un ejercicio de placer literario.

Agradado porque esta lectura tan distante y tan distinta de la historia sagrada que no había querido retomar desde mi infancia; me permite conectar sus orígenes con la historia reciente y aceptar que parecería ser una historia escrita por la comunidad judía, para justificar la violencia contra el pueblo palestino, como una violencia de dios, fundacional, eterna.

Incómodo porque no dejo de sentir el sabor de un latente racismo que se expresa en la mancha que Caín lleva en la frente como señal de que es un ser indeseable, un paria, lumpen, mancha que casualmente es negra y que mientras más se complica Caín en el crimen y contra las normas de lo aceptable, más grande se vuelve la mancha, es decir más negro se vuelve Caín.

Incómodo porque no deja de ser una expresión de antisemitismo, casi xenófoba, una novela que, así como dios culpó a Caín, culpa al pueblo judío por la maldad de su dios.

Incómodo porque no puedo dejar de pensar que la tolerancia a las diferencias, el respeto por las creencias de los otros, por distintas que fueran de las mías, es fundamental para la conservación de la vida y encuentro en el Caín de Saramago una violencia camuflada de humor que no me resulta grata.
Incómodo porque me parece que Saramago es mucho más escritor que lo que aparece en Caín, en el que encuentro más al guionista chistoso y furtivo alterando los diálogos de un libreto, para solazarse con el chiste simple de la equivocación o el doble sentido.

Finalmente incómodo porque, a pesar de que siempre me he declarado absolutamente impermeable a la práctica del culto cristiano-católico, a su enfoque culpabilizador que se asienta en temor de un dios castigador y cruel, a pesar de mis cuestionamientos o de mi simple indiferencia frente al tema, no he podido evitar sentirme mínimamente agredido y lesionado por esta interpretación de una mitología y una ritualidad que, nos guste o no, formó parte de la vida en la etapa más sensible de nuestro crecimiento.

Les recomiendo mucho la lectura de Caín. Se la recomiendo, sobre todo, porque creo que cada uno podrá hacer su propia lectura y sacar sus propias conclusiones y que en la posibilidad de compartirlas reside la maravilla de nuestros encuentros, de nuestras similitudes y de nuestras diferencias.
Mientras ustedes leen Caín, yo voy a revisarme la frente, a ver cómo anda mi mancha personal y qué dedo la señala y a qué distancia.

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